La prole viajera o las confesiones de un clasemedista
En Budapest, al igual que en todas las otras ciudades que conozco, los sábados a la noche sale la prole. Gritos de jovenes borrachos por la calle, bares atiborrados de gente toda igual a cualquiera, arregladitos y sudorosos, que empiezan a desfigurarse a medida que suben los decibeles, invaden los locales. Hace tiempo que decidi dejar de salir los fines de semana. Porque sino, me encanta deambular de noche.
Pero cuando uno esta de viaje, hay una cierta misión antropológica que deber ser llevada a cabo. Los primeros apuntes mentales son desde el balcon de mi departamento. Proseguiría ir a por la observación participativa. Pero antes, hay que juntar coraje. Por conveniencia, creo, hoy soy cobarde. Así que sigo la noche desde mi privilegiado palco urbano.
Un bruto erupto callejero festejado por un grupo de amigos reabre la sesion. Antes hubiese jurado que eran ingleses, pero hoy ya no se sabe, he comprobado que daneses, hungaros, germanos, catalanes, israelíes o canadienses, por ejemplo, a horas tardias son aliados.
El grito quizas como elemento cohesionador identificativo? Qué es lo que hace a una persona comportarse así en un espacio público? Pasan más y más grupos de amigos. El turismo (en masa), sin duda, arruina a las civilizaciones. Es el gran mal del siglo XXI, y eso que esto recién empieza.
Unas chicas gritan. Si bien la histeria es patrimonio cultural del sexo femenino, qué les da derecho a abusar del timpano ajeno? Van pasando justo por debajo, junto a unos chicos. Creo que voy a indagar.
Arrojarme al vacio sobre ellos y ellas desde un segundo piso no fue buena idea. Aun no se quien pagara la cuenta del hospital por las fracturas. No las mias, sino que la de mis presuntos encuestados. Porque por suerte mis abultados amigos sirvieron de amortiguacion. Empiezo a ver las ventajas de una alimentacion desequlibrada nocturna de fin de semana. Esta gente gorda, deberia seguir saliendo y comiendose sus bocadillos de ultima hora. Sin nadie debajo, caer puede ser duro. Y el salto fue mio, eso no me lo quita nadie.
Ahumado
Encontró el iphone viejo con una nota de papel encima. “Aquí te lo dejo”, decia la nota. “Codigo: ahumado”, agregaba en una segunda linea escrita con un trazo descuidado. Intentó encenderlo pero ya no tenía batería.
Fue recién cuando llego a su apart hotel de Budapest que pudo conectarlo al cargador de su propio iphone. Se sirvió un vino hungaro, local legado cultural del imperio romano, y luego presionoó el boton de encendido. La manzanita se hizo esperar. Luego, con el codigo adecuado pudo acceder. In mediatamente se abrió un texto que había sido escrito directamente con el aparatito.
* * *
Los ultimos días son de abandono, despedida de lo que alguna vez supo ser un lujo, luego fue convertido provisoriamente en el gueto de Budapest, y al finalizar la guerra fue invadido por indigentes. Hasta el día de hoy el alcohlismo es el animo reinante. Ni comunismo ni liberalismo pudieron cambiar la fisonomía barrial.
En torno a la sinagoga los patios abarrotados y las fachadas rotas sucumben. Y desde lo que fue mi vivienda los ultimos meses, hoy por fin se que puedo irme en paz. Por acá pasaron en algun momento Bernardo, Eliszandra y Henrik, todos tatarabuelos míos. Unos escapando hacia la Ucrania del Mar Negro, otros hacia la cuenca del Ruhr y otros hacia el oeste de Austria. Llevaron su sangre judía, tartara, otomana, transilvana hasta Argentina, donde hoy yacen sus huesos.
Pero su ADN, cargado en mi cuerpo, ha ido siguiendo el rastro de adelante para atrás. Aunque me haya quedado anclado en Budapest, en este barrio inmundo, pero clave, fundamental para entender todo. No conseguí por mucho tiempo salir de aquí, atrapado nada más y nada menos en lo que fue la estación de paso, refugio y la carcel también de mi tribu.
Doy un sorbo al aguardiente ahumado, sabor omnipresente en todo comestible o cerveza local. Levanto la madera agrietada del piso, extraigo el viejo revolver de Bernardo, lo observo. Y bebo nuevamente. Es hora de partir por fin, salir del agujero interior.
* * *
Nunca supe qué hizo mi interlocutor, si salió armado a seguir por su ruta luego de un letargo de meses o si terminó sus días con un tiro en la sien.
Mientras busco a mi hermano, un ser sentimental y reservado desde siempre, consulto en mi iphone cuales son los bares alternativos mas interesantes del barrio judío de Budapest. No salimos muy seguido en Berlin con mi mujer, y una vez que lo hecemos, es para dejarse llevar.
Quizas nos topemos con alguna pista o rastro, o tal vez no. Pero yo se que pasandola bien lo encontraré. A él o a mi familia.
Frasquitos
Cae el primer chorro de agua caliente que llenará la bañadera. Gran placer medir su temperatura. La prueba con la palma. El calorcito le transmite una sensación de bienestar. Más aún porque sabe lo que vendrá, la gran lujuria del enfermo: Un baño de inmersión.
- Piiiiki, apuraaaaate que no llegamos…
Palabras sordas para oídos infantiles. El invierno en Buenos Aires es frío. Con las manos manos metidas debajo del chorro de agua caliente en el lavabo, te abstraés, disfrutas. Si esto tan solo pudiese extenderse más y más aún.
Tu mente niña ya distingue y sabés que es hora de salir para el colegio. Cuando tu papá te lleva, solés cooperar. Cuando lo hace tu mamá, hay algo que te lo impide.
Pone la punta del pie para medir la temperatura. Tiene que estar algo más fría de lo que tolera esta parte del cuerpo. Sino, al entrar, y sentarse, se quemara las bolas.
Antes de meterse divisa un frasquito de un aceite especial para los estados gripales. Lo toma con su mano seca, lo observa, lee las indicaciones que ya ha leído reiteradas veces, y lo abre. Entra a la bañadera tan germana – amplia, sobria- y lo vacía. Luego se sienta con el frasquito en la mano y empieza a introducirlo en el agua que ya alcanza el nivel necesario para que pueda hacerse. Vacía y llena el frasquito un par de veces.
- ¿Dieguito, querido, estás bien? Hace como más de una hora que te metiste a bañar…
- Si, abue, mejor subile al calefon de 3 a 4 porque el agua se enfrió otra vez
En lo de tus abuelos te malcrían, te dejan hacer lo que quieras. Y, además, lo hacen con la mejor onda, mimándote siempre, haciéndote sentir bien. La abuela es así, el abuelo es más seco, pero por lo general vos tratás con ella.
A veces el abuelo se irrita con tus abusos porque está siempre muy pendiente del dinero, los gastos, las cuentas. Pero la abuela sale a defenderte y discuten un poco, pero tan solo son dos o tres frases. No es como cuando juegan al dominó, ahí el abuelo le grita barbaridades a la abuela. Cuando se trata de vos, se impone la abuela. Y por las dudas, la tía Angelita, interrumpe la discusión anunciando algo que termina por marearle la perdiz al abuelo.
Hoy me llevé a la bañadera muchos frasquitos vacíos de las soluciones antialérgicas que receta mi abuelo y preparan mi abuela y la tía Angelita en casa. Hay frascos con tapa y con gotero. Esos son mis favoritos. Paso horas llenándolos y vaciandolos, en el agua calentita, dentro de un baño algo lúgubre, antiguo, de techos altos y azulejos de color verde con negro.
Por fin quedó como hipnotizado con el frasquito en la mano, sentado en la bañadera. El mundo se esfumó. Era hora de recostarse dentro y, al hacerlo, una ola de agua rebalsó, mojando el piso. Una y otra vez le pasaba. Luego ellá, su mujer, lo regañaba un poco. Él no lo hacía a propósito, pero siempre sucedía.
Al salir supo lo que vendría, pero también tuvo el impulso de esconderse entre las colchas de la cama con la compu portátil y plasmar algo en su blog. La historia seguramente sería aburrida para todos, menos para él. Con el té en mano que le preparó ella, quiso decirles que los y las quería. Estar enfermos evidentemente nos pone sentimentales.
Se acabó el rock, pero ya soy retro
Hoy es de esos días – esas tardes – en las que uno no puede hacer otra cosa que sentarse a escribir en un blog, o releer un cuento que le ha gustado alguna vez, o quizás escuchar viejas canciones y conectar con situaciones que se vivieron cuando sonaron por primera vez. Llueve en Berlín, sopla un ventarrón molesto, no hace frío y la luz durante toda la jornada fue tenue, tímidamente gris. Oscurece temprano.
Hoy más que nunca siento que se acabó el rock, mi rock, el de allá, el de mi parcela al otro lado del océano, aquella que va desde Alaska hasta la punta de la Antártida. Pero no me aflige ni me entristece darme cuenta que no soy yo, porque son ellos, somos nosotros todos, es quizás la industria de la música también y es una época que tal vez ya llegó a su fin. Nos perfilamos como retro, hoy ya me percibo así y quizás por eso me siento recuperado. Tomo un analgésico y por arte de magia mi estado gripal también mejora.
Es raro verse como parte del pasado. Y poderse reponderar. No me jode escuchar canciones de hace 10 años y sentirlas actuales. Pasado superado, transición realizada. Un nuevo trabajo, un estilo de vida parcialmente renovado, ingresos más o menos garantizados sin tener que salir a buscar interesados en servicios, horarios nocturnos que son los míos, estilo televisivo, breve, conciso, con ritmo: pragmático, informativo, que va al grano. Siento su influencia en mí, liviandad, fluye, y todo pasa, etéreo, efímero, en movimento, vacio. Me siento bien.
Una de la últimas noches del 2011, antes de salir de Berlín a Barcelona, en estado de parcial ebriedad, confesé a un amigo aturdido que me había aburrido de la música porque no venía nada nuevo, desde hace años, nada me sorprendía. Todo me parecía un refrito del refrito del refrito de la puta que los parió: un embole. Ahora ya he vuelto a Berlín y por suerte hemos dado vuelta la página, es el 2012, y esta cuestión no me angustia. No la he resuelto, quizás no haga falta. Porque ahora ya me siento retro, a mí y a toda mi generación,algunos algo mayores y otros menores. Los de 30 y pico a los de casi 50 vivimos las épocas del vinilo, el cassette y el CD, del álbum que salía a cuentagotas, y de toda una vida asociada a la omnipresente experiencia estética de la música, fiel compañera de andanzas. Lindo. Nadie nos quita lo vivido (ni creo que nadie nos quiera birlar nada).
Ni es la palabra adecuada: Ni rock, ni ska, ni reggae, ni pop, ni punk, ni funk, ni tecno: Todo ahora es fusión, casi una infusión, que es buena para la salud, pero no pasa de ser alguna hierba diluida en agua. Eso es lo que tomamos muchos, porque nos bebimos todo el alcohol de las décadas pasadas hasta que el cuerpo nos dijo basta, loco, dosificá.
Bueno, hoy creo que quería escribir algo sobre música, gran emperadora de nuestra época pasada y bla, bla, bla. De veras que me da mucha curiosidad saber qué es lo que escucha la generación actual que tiene la edad que tenía yo antes, hace 10 o 20 años. ¿Con qué se divierte, se enamora, acompaña su devenir y desventuras o vivencias, o lo que sea, virtual, presencialmente, estando físicamente o en algún tipo de no-lugar? ¿Tiene la música una importancia similar a la que tuvo para nosotros? Cuántas dudas. Porque hoy ya todos nacieron con internet, el mp3, el P2P y el SMS integrado, son sistema nativo.
¿Cuál es el valor del objeto, para bien y para mal? ¿Y no es bueno que se haya desobjetivizado la vida, no queríamos justamente que el mercado no dominase todo? ¿Pero qué somos sin “referentes”? ¿Y sin “patrones de calidad”? ¿Porque temerle a lo que no concomes? Todos esos son parámetros de una “métrica sigloventista“, passé, ya fue, no sirven. Hay que pensar pa’lante, como diría mi media naranja tropi-andina.
Empezamos con el zapping cuando apareció la TV por cable. Hoy todo es zapping, hasta mi estado retro, que lo disfruto desde una óptica analógica, pero me despido de forma digital, ya, cambiando rápido de actividad sin justificarme. Chau.
Escribir
Quiero escribir pero sin sentir culpa. ¿Es posible? ¿Soy capaz de hacerlo? Es tarde, debería estar durmiendo desde hace rato, pero me levanté porque algún tipo de resorte me hizo catapultarme sigilosamente hasta el blog. Leer en la cama es un alimento demasiado nutritivo a veces. La curiosidad por ver el último comentario de mi tía pudo ser quizás el condimento que hizo la diferencia, la excusa perfecta para auto-engañarme. Porque así es, definitivamente, como algunos decidimos quebrar con una convicción de auto-disciplina por simples cuestiones de índole alimenticia.
Woody Allen está en caída libre, su última película lo confirma, y eso, más que deprimirme, me ha abierto más el apetito. Necesito una historia buena, real. Pero es tarde y ella, mañana, sin saber que me he levantado y acostado luego a cualquier hora, me despertará, desconociendo porqué hago estas cosas, pero, por suerte, tolerándolo. ¿Será eso el amor, como en las telenovelas, pero actualizado a tiempos de hoy?
Desearía poder escribir sin apelar al pasado. No quiero reminiscencias “retro”. Todos los de mi edad lo están haciendo desde hace un buen tiempo. Y les va muy bien, escribir sobre la infancia y los objetos que nos rodeaban antes, evidentemente paga. Pero yo no quiero ni quise nunca ser escritor – y por suerte ya soy muy viejo y suficientemente mediocre para no empezar con esas cosas. Escribo porque es un desagote y nada más. En realidad, ni siquiera sé porqué escribo.
Pero quiero escribir del hoy y ahora, del estar a unos pasos de los cuarenta y de todo lo que me pasa y observo que le sucede a mi alrededor a todos mis amigos o, quizás, me sucede solo a mí y yo no consigo evitar de proyectar sobre ellos. De eso quiero escribir. Pero siento que no seré capaz.
Estoy cansado de los que escriben sobre la escritura, su escritura, quiero escaparme de tal actitud o recurso, de tanto facilísimo. Pero no sé cómo hacerlo. Y es por eso que, ya desde hace meses, escribo en otros sitios menos en mi blog.
Quiero volver, pero de otra manera. Me entusiasma la idea de dar un paso grande e imperceptible. El mundo me fascina y me aburre en demasía a la vez. Y ni siquiera cumplí cuarenta. Qué pereza pensar que quizás todo al final lo explique con la edad.
Uf, menos mal, necesitaba estas líneas.
Siglo XXI: Pirata Robin Hood
Hace unos días me desayuné por email diciéndole a un amigo que la piratería era la actual forma de redistribución social para una clase media que había ido viendo su caída en el poder adquisitivo poco a poco a lo largo de las últimas décadas. Lo hice entre lagañas y ese primer café del día que aún nos encuentra a medio despertar. Era evidente: Para mí ésta era política de hecho, sin intermediarios, sin negociaciones y que justamente por eso yo estaba pensando en darle mi voto en las próximas elecciones al Piratenpartei Berlin (Partido Pirata de Berlín). Todo esto, sin olvidar que la política de partidos es lo que es, una serie de equipos que compiten dentro de una liga con ciertas reglas predeterminadas.
Cabe recalcar que la noche anterior, mientras paseaba a mi perro en horas nocturnas avanzadas, fui sorprendido por un serie de carteles propagandísticos de este partido que lograron, de alguna forma, cautivarme. Era, por lejos, la mejor campaña para las venideras elecciones berlinesas: La más recurrente – combinaba ironía sin sarcasmo con un mensaje no por ello menos serio ni creíble -, la que más mensajes concretos o tangibles transmitía y la más barata, ya que, según averigüé luego, el Piratenpartei había prescindido de contratar una costosa agencia publicitaria, habiendo entonces preparado la campaña por sus propios medios.
Rara vez escribo sobre política, menos aún lo hago por email a mis amigos. Aborrezco esos mensajes en cadena, grupales, dirigidos a nadie. (Realmente he llegado a detestar a las personas que abusan de este recurso). Algo, sin embargo, me impulso a hacerlo. Fue así como recibí alguna que otra gratificante respuesta, invitándome a debatir, lo cual me llevó a realizar un ejercicio de, por así llamarlo, repolitización: Me informé mejor sobre las próximas elecciones y sobre el partido que me había generado simpatía. Fue así que me sentí tan identificado con la idea de sociedad que transmiten las bases programáticas y el programa electoral del mismo que decidí que les entregaría mi voto. Si bien es cierto que, desde un punto de vista estratégico, las chances de que alcancen el 5% necesario para acceder al acordonado sistema partidario con representación parlamentaria son muy remotas, por algún motivo quise opinar con sinceridad y listo. Hace unas dos o tres elecciones que ya ni iba a votar, ahora sí quería volver a hacerlo.
Desde que cedió el Muro de Berlín que se viene hablando de la crisis de legitimidad de los sistemas políticos. Es común escuchar que uno no se toma en serio a los políticos o que es todo una farsa, un negocio. Así y todo alguien – muchos – los siguen votando. En mi opinión, recién ahora, diez años luego de ingresados al Siglo XXI es que vislumbro un primera propuesta que podría reasignarle relevancia o interés a la política partidaria, haciéndola más directa, más participativa, más real-virtual y mas cercana a la gente, basándose en una sociedad internetizada, hedonista, más individualista y definida por el consumo – pero no por ello menos inteligente ni menos politizada ni menos culta, porque el mundo cambió y todos estos conceptos también lo hicieron.
Para mí es evidente que no queda otra opción que pensarse a sí mismo desde lo que somos y donde estamos hoy en día, 2011. Y los políticos de casi todos los colores se han quedado enfrascados en sus libros de fantasías favoritos: Tratados económicos de libremercado, bases sindicales del Siglo XX, mundos ideales bio y pacifistas del ’68 – tan aburridos – , neonazismo estilo Naranja Mecánica, la Familia Ingals versión teutona o tal vez en el conservadurismo superestructural con el tinte más grisáceo de lo que era el lado berlinés del Alexanderplatz.
En fin, considero que el tema se presta para debatir bastante. Por eso deseo evitar de seguir extendiendome en un neo-monólogo de un blog. Mi esperanza es que pase lo que pase, el impulso del Piratenpartei lleve a contaminar a la política y a los demás partidos de tal manera que absorban sus contenidos, formas y estilo. Aún no me he pasado oficialmente de un partido a otro – porque sí, estoy afiliado a un partido aún -, pero lo empiezo a considerar porque no me gusta aburrirme como a la mayoría de mi generación hedonista: Queremos y pensamos de todo, pero, sobre todo, tiene que ser divertido hacerlo.
Desorden en mi cabeza
Cuando mi señora esposa me recordó de que habíamos hecho un viaje el año pasado a Londres tan solo para ir a ver a Los Fabulosos Cadillacs, antaña banda de mi adolescencia y dulce juventud, no pude negarme a acompañarla anoche al concierto de Desorden Público en Berlín, grupo musical de ska y “algo más” que había acompañado el despertar juvenil allá en Venezuela de mi adorada mujer. Observamos el precio de las entradas y le propuse contactar al director de este blog antes de comprar los tickets. Yo especulaba con que el Sr. Dirk no conseguiría dos pases de prensa para nosotros en el corto lapso que tenía para hacerlo, por lo cual mi estimadísima compañera desistiría de desembolsar tanto dinero para ir a ver a una banda del pasado. Pero, como de costumbre, todo – o casi todo – salió muy diferente de lo que yo esperaba: El Sr. Dirk se reportó como buen alemán a las pocas horas para confirmarme por email y sms de que podíamos contar con ambos pases.
La primera impresión que tuve es de que Berlín no es Londres y de que el público tiene un espíritu muy diferente: Acá la gente es muy entregada a sus afectos de fanatismo musical. La comunidad jóven venezolana, los circulos skaeros de Berlín y algún que otro amante de la música latinoamericana de cualquier rubro, vestido con sombrero de paja, coparon el Lido. No pude ser ajeno a los buenos ánimos jolgoriosos que invadían el ambiente: Ebullía felicidad. Pensé de que todos menos yo lo sentían, pensé de que no entendía la situación. Me dejé llevar levemente por la corriente. Aunque por suerte tuve un aliado natural: Mi fiel compañero en la organización de un festival de Berlín en el que trabajamos juntos estaba ahí conmigo (¡Sr. Pachex como siempre presente en los momentos clave!). Con tan solo mirarnos, pudimos compartir pensamientos. El evento era bonito, pero algo nos aburría o resultaba demasiado previsible, anunciado, limitado, como decirlo…
Cuando el Sr. Dirk me invitó a participar del blog, me advirtió de que era importante concentrarse en los aspectos positivos de las experiencias a narrar. Y, agregó, de que deseaba, por otro lado, de que yo escribiese desde mí, desde mis pensamientos, sensaciones, desde mi persona y subjetividad más allá de ir por una visión tradicionalmente periodística. Es por eso de que durante todo el evento no pude salirme de mí mismo sino que me dediqué a darle rienda suelta a las diversas impresiones que se me iban alternando una detrás de otra.
Convengamos de que hasta el momento no he contado nada de la banda porque quizás ese no sea el objetivo. Mi gran pregunta es – era – entender cómo se siente uno mismo después de tantos años de estar ligado a la música latina en Berlín, luego de haber concurrido a tantísimos conciertos, y, de, por ejemplo, haber ido anteriormente varias veces a ver a Desorden Público. Ya hemos rescatado el lado positivo: Reinaba la buena onda, el público estaba acaramelado por las sensaciones y bailó como si todo se tratase de revivir el primer amor. La banda tampoco transmitió la imagen avejentada y cansina que tuve de Los Fabulosos Cadillacs en Londres. Hasta el sonido fue mejor acá que en la isla británica.
Pasemos entonces al otro lado: Sentí de que el repertorio carecía de diversidad más allá del ska que ellos siempre interpretaron, mechado a veces de ritmos salseados. “Sorprendieron” con una cumbia, un ritmo que había (re)descubierto hace allá como unos 12 años atrás, y a mi parecer, además, ya ha saturado Berlín: En todas las fiesta de esta ciudad hace dos o tres años años no deja de sonar la cumbia – aquel ritmo que colocábamos en nuestras fiestas desde hace 10 a 12 años antes. Resumamos la idea: Me ví escuchando y presenciando ayer “más de los mismo”, con los mismos de siempre en el escenario, en el público y en la organización del evento, todo y todos igualitos solo que algo más viejos.
¿Será legítimo sentir de que es algo negativo cuando la gente no “evoluciona”? Es evidente de que el que ha cambiado he sido yo, o hemos sido nosotros, el grupo de amigos que hemos hecho por años eventos musicales juntos. Considero de que lo que sí es válido es que exprese mi parcial aburrimiento al escuchar algo que me resulta demasiado reiterativo. Desorden Público ha sacado recientemente un nuevo album. Me ocuparé de conseguirlo y escucharlo. Así y todo, eso no quita de que ayer casi no noté la diferencia entre tema y tema, ni entre canciones de otra época o una obra compuesta recientemente. Conozco, eso sí, muchas de sus canciones de memoria. Y al escucharlos cantarlas sobre el escenario, me pregunté (nuevamente), qué es lo que sentiría cada uno de los músicos al estar interpretando una canción que ya han cantado desde hace 15 o 20 años infinidad de veces.
No pude dejar de sospechar de que el ser humano puede ser feliz o estar satisfecho en su vida con el automatismo, la costumbre y lo conocido. Y de que, a pesar de ser sociólogo, periodista, y dedicarme a entender a la gente en su conjunto desde hace décadas, sigo siendo el mismo tonto que no lo acepta o no comprende nada.
Salir o no salir de paseo
Mientras espero de que salga publicada en papel la próxima edición de la Revista ORSAI, leo el blog. A cuentagotas, se filtran algunos contenidos. Hernán Casciari y sus secuaces han conseguido tocarle el nervio a una generación. De eso no hay dudas. Los cuestionamientos para mí comienzan a partir de entender porqué ha sucedido esto. Miro hacia afuera por la ventana de mi oficina y veo a muchas personas pasar caminando con ropas ligeras, expresiones de alegría y ánimos en alza: Es verano, hace calor, la vida está allá afuera. Y sin embargo, me siento más cómodo entre mis cuatro paredes, resguardado detrás de un monitor.
Intuyo de que esta situación es parte de lo que nos está pasando hoy en día y que en ORSAI se ha sabido canalizar perfectamente, casi, como si nos estuviesen leyendo el cerebro. Hablan de las experiencias vivenciales reales desde un espacio virtual, para quizás demostrarnos – y hacernos sentir tranquilos -, de que esa división en realidad parecería no existir. Estar rondando los 40 años implica haber crecido sin internet pero haberse desarrollado acompañando los avances tecnológicos como parte de un juego. Somos niños grandes y, a este ritmo, siempre lo seremos. Mientras tanto, ensayo y me pregunto qué es ser adulto en el marco de esta contradicción histórica actual no marxista.
Ahora he subido hasta la vivienda que comparto con mi gran amigo de casi toda la vida. Él es un fanático de todos los aparatitos, es aquello que algunos llaman un nerd o un geek. Mi amigo vive en el exterior y, regularmente, hace sus compras por internet. Casi podría afirmar de que nos relacionamos a través del cartero que deposita los objetos adquiridos en mis manos en horas tempranas de la mañana, despertándome para recibir un paquete que no es para mí. Mi única revancha es pensar en que aún más desagradable que ser despertado es encontrarse conmigo despeinado y sin asear. Así y todo, creo que lo que más me consterna, es llevar el seguimiento de las compras de mi amigo sin poder entender para qué se compra tantos objetos electrónicos. Algo hay ahí que no consigo dilucidar. ¿O será más bien todo parte de una proyección y me irrita sentirme identificado con él?
Sobre estos temas hay infinidad de textos escritos. Existen muchas teorías, hipótesis, artículos y, también, frases sin fundamento – de las parejas de uno, por ejemplo – que intentan explicar, comprender, condenar o alabar la relación existente entre la persona y el consumo tecnológico. Al día de hoy, casi afirmaría, de que cada individuo tiene su propia idea al respecto. Y que, echando un vistazo hacia afuera en un día que se muestra esplendoroso, sabe decidir si es hora de salir a pasear o no. No como yo, que aún sigo sin saberlo, aferrado a un teclado.
Hecatombe de una vida digitalizada
Empiezo con mi primer aporte en ENTRE-VISTA el día posterior a la hecatombe. Ni bien abrí los ojos ayer fuí por el religioso cafecito matinal, ese que por arte de magia nos devuelve a la vida de los mortales y despiertos. Todo empezaba bien aunque era un lunes a las 7:00, temprano, demasiado temprano. Yo creía haber superado el shock que produce aprender a madrugar. Y, como si los avances en la vida nunca fuesen suficientes, me observé confrontado a un nuevo reto: No había internet.
Quise llamar al servicio técnico de la compañía proveedora, pero me desayuné con el sabor amargo de darme cuenta de que el teléfono funcionaba en base al internet. Telefonía VOIP la denominan. Pensé por un instante de que quizás las iniciales de esta sigla técnica me podrían aportar algún tipo de clave salvadora. Borges, la cábala, el feng shui, horas de terapia gestáltica, nada me ayudó, no había línea.
Fui por el celular dispuesto a pagar caro un llamado pero férreamente convencido de poder torcer mi suerte. ¡ZAS! No funcionaba mi telefonín móvil, por mas iphone que fuera. Hace algunos días había cambiado de un proveedor de telefonía celular a otro. Y muy acertadamente, el día de cambio de compañía era el día en que se descomponía internet. Recordé las Leyes de Murphy y miré por la ventana hacia afuera con la esperanza de que la naturaleza se apiadase de mí.
Desperté a mi compañera que ahora era mi esposa y por ende no podía negarse a hacerme un favor. - Necesito tu celular – le dije en voz baja. Me costó entenderle pero por fin logré divisar su casi obsoleto aparatito. Salí del dormitorio y marqué el numero del servicio de internet. Algo fallaba. Noté de que el celular no tenía cobertura. Un “fuera de servicio” aclaraba mi incógnita.
Sin ducharme me puse la ropa a las apuradas y bajé a un café del barrio con conexión wifi. Milagrosamente a ellos sí les funcionaba el internet. Abrí Skype a la vez que pedía un capuchino y llamé al servicio de mi empresa prestadora de internet. Pase por varias operadoras automáticas y, cuando por fin estaba esperando a que me atendiese un ser humano, me di cuenta de que no tenía encima mi número de cliente, que, tampoco era el mío mismo sino que era el de mi compañero de departamento. Quise llamarlo pero recordé de que él tenía la misma compañía de celular que mi mujer, aquella que se encontraba sin servicio.
Muchos creerán, debido a que aún no me conocen porque soy nuevo en este blog, de que estas líneas han sido un simple recurso literario de iniciación. Debo desilusionarlos ya que todo los descrito ha sido real. Y si no me creen, pregunten a todos aquellos que tienen a 1&1 como proveedor de internet en Berlín o usan un celular de vodafone qué les sucedió ayer, lunes 23 de mayo del 2011 durante casi todo el día. Pasadas las cuatro de la tarde recobramos la cobertura del celular. Y, en algún momento de la noche, mientras ya dormíamos, volvió a funcionar el internet de 1&1 en Berlín y sus alrededores.
Me sentí algo extraviado e incompleto durante todo un día. No me costó tanto aplazar mis tareas laborales como quizás sí conciliar una cierta intranquilidad latente y constante que se prolongó durante toda la jornada. Una buena borrachera en una confortable cena afuera lograron calmar la angustia: la mía, la de mi mujer y la de mi compañero de piso.
Algo cambió
Yo creía de que mi madre había fallecido hace algo más de tres años en Buenos Aires. Pero un día, de sorpresa, y, a la vez habiéndolo intuído, me la encontré en los pasillos del metro haciendo combinación de líneas. Estábamos en Barcelona. Pero ella vivía en Fuencarral, Madrid. Fue lo primero que me dijo, poniéndome al día de las últimas novedades en su vida.
- Tenemos que hablar – me dijo – asi nos actualizamos, hijo.
Ella siempre había hablado de una manera algo extraña. Sus frases parecían sacadas de los manuales de aprendizaje del castellano para principiantes. Había sido maestra primaria, en el colegio y con nosotros también.
Por un instante sentí de que todo el cuerpo me vibraba. Era el metro que no dejaba de pasar por los andenes. Abrace a mi madre y la seguí. Yo sabía a dónde íbamos sin que hubiésemos cruzado palabra. Me sentía contento de que estuviese viva y, más aún, de que hubiese reconstruído su vida en otro lugar, desde cero y liberándose del pasado.
El viaje hasta Madrid fue más breve de lo que yo lo recordaba. Pasando el Mercado de Fuencarral doblamos a la izquierda y llegamos a su casa. Yo no recordaba la zona tan venida a menos. Era ya de noche y estaba plagada de prostitutas demacradas, travestis desalineados y algunos sujetos con el mejor aura de minitraficantes.
- Conseguimos el departamento en muy buen precio – dijo a modo de comentario introductorio. – Si uno está dispuesto a lidiar con el entorno, hijo querido – continuó – vale la pena comprarse aquí un piso. Noté de que ya empezaba a adoptar palabras del castellano ibérico.
Entramos al departamento por un pasillo largo y oscuro hasta llegar a la cocina. Teófilo, su marido, estaba cocinando en bolas. Sentí el mismo tipo de rechazo que de costumbre por él. Por algún motivo, siempre se las arreglaba para hacerme sentir entre incómodo y avergonzado. Por suerte se tapó con un delantal de cocina. Y, detrás de él, sobre el piso, observé que había dos niños jugando. Ambas criaturas eran casi idénticas a las fotos de niño que conservo de mí. Uno de ellos tenía unos 5 o 6 años, el otro algo así como 2 o 3. Quedé semipetrificado al verlos.
¿Cómo podían parecerse tanto a mí? Por un momento desée de que se hubiesen parecido a mi hermano menor, pero no a mi. La sensación persistió hasta que los niños se me acercaron, empezaron a querer jugar conmigo, a colgarseme, hablarme, y sin saber cómo, me hicieron sentir bien, cómodo y con la sensación inmediata de estar en familia, por primera vez, con mi progenitora.
- Ven hijo, déjame mostrarte – me dijo mi madre en ese tono acartonado de docente. Recorrimos el departamento. Era amplio y estaba puesto con buen gusto. Evidentemente algo había cambiado rotundamente, ya que en Buenos Aires las viviendas que había habitado mi madre siempre habían sido acondicionadas de forma horripilante, incómoda, obscena.
Nos despedimos nuevamente con un abrazo. Por algún motivo, sentí de que había recuperado a mi madre, no solo de la muerte sino que por primera vez como persona. Y, si bien casi nada había sucedido, la conversación se había desarrollado pausadamente y todo había sido más que fugaz, patee una lata de cerveza abollada que habitaba el suelo con suma felicidad en el camino de regreso al metro.