Frasquitos
Cae el primer chorro de agua caliente que llenará la bañadera. Gran placer medir su temperatura. La prueba con la palma. El calorcito le transmite una sensación de bienestar. Más aún porque sabe lo que vendrá, la gran lujuria del enfermo: Un baño de inmersión.
- Piiiiki, apuraaaaate que no llegamos…
Palabras sordas para oídos infantiles. El invierno en Buenos Aires es frío. Con las manos manos metidas debajo del chorro de agua caliente en el lavabo, te abstraés, disfrutas. Si esto tan solo pudiese extenderse más y más aún.
Tu mente niña ya distingue y sabés que es hora de salir para el colegio. Cuando tu papá te lleva, solés cooperar. Cuando lo hace tu mamá, hay algo que te lo impide.
Pone la punta del pie para medir la temperatura. Tiene que estar algo más fría de lo que tolera esta parte del cuerpo. Sino, al entrar, y sentarse, se quemara las bolas.
Antes de meterse divisa un frasquito de un aceite especial para los estados gripales. Lo toma con su mano seca, lo observa, lee las indicaciones que ya ha leído reiteradas veces, y lo abre. Entra a la bañadera tan germana – amplia, sobria- y lo vacía. Luego se sienta con el frasquito en la mano y empieza a introducirlo en el agua que ya alcanza el nivel necesario para que pueda hacerse. Vacía y llena el frasquito un par de veces.
- ¿Dieguito, querido, estás bien? Hace como más de una hora que te metiste a bañar…
- Si, abue, mejor subile al calefon de 3 a 4 porque el agua se enfrió otra vez
En lo de tus abuelos te malcrían, te dejan hacer lo que quieras. Y, además, lo hacen con la mejor onda, mimándote siempre, haciéndote sentir bien. La abuela es así, el abuelo es más seco, pero por lo general vos tratás con ella.
A veces el abuelo se irrita con tus abusos porque está siempre muy pendiente del dinero, los gastos, las cuentas. Pero la abuela sale a defenderte y discuten un poco, pero tan solo son dos o tres frases. No es como cuando juegan al dominó, ahí el abuelo le grita barbaridades a la abuela. Cuando se trata de vos, se impone la abuela. Y por las dudas, la tía Angelita, interrumpe la discusión anunciando algo que termina por marearle la perdiz al abuelo.
Hoy me llevé a la bañadera muchos frasquitos vacíos de las soluciones antialérgicas que receta mi abuelo y preparan mi abuela y la tía Angelita en casa. Hay frascos con tapa y con gotero. Esos son mis favoritos. Paso horas llenándolos y vaciandolos, en el agua calentita, dentro de un baño algo lúgubre, antiguo, de techos altos y azulejos de color verde con negro.
Por fin quedó como hipnotizado con el frasquito en la mano, sentado en la bañadera. El mundo se esfumó. Era hora de recostarse dentro y, al hacerlo, una ola de agua rebalsó, mojando el piso. Una y otra vez le pasaba. Luego ellá, su mujer, lo regañaba un poco. Él no lo hacía a propósito, pero siempre sucedía.
Al salir supo lo que vendría, pero también tuvo el impulso de esconderse entre las colchas de la cama con la compu portátil y plasmar algo en su blog. La historia seguramente sería aburrida para todos, menos para él. Con el té en mano que le preparó ella, quiso decirles que los y las quería. Estar enfermos evidentemente nos pone sentimentales.