Berlin UltraDías

Cámara de gas



dedicado a mi más fiel copia que tomó su propio camino
a pesar de que ha quedado en manos de Marlboro y Cía.


Cuando retiré al perro de los de mi hermano, pasándolo a buscar por la puerta de entrada al edificio, noté de que le costaba respirar. Si bien este ejemplar cuadrúpedo siempre se distinguió desde que lo conozco por llevar un paso decididamente licencioso, su andar ahora era más lento que de costumbre. Quise motivar al ser que habitaba dentro de aquel animal impartiéndole una palmadita sobre su lomo. Lo único que conseguí fue provocar una intensa polvareda de cenizas que formaron una nube luego del impacto provocado por mi mano sobre el peludo cuerpo. El perro me miró girando la cabeza y luego volvió a apuntar su hocico hacia abajo, jadeando levemente.

Me asusté y retorné sobre mis pasos hasta la puerta de lo de mi hermano. Toque el timbre y su voz sonó aspera por el intercomunicador. El tono de sus breves palabras habíanse asemejado al de aquellas voces que salen filtradas por gas heólico. Entendí de alguna forma de que me abría la puerta y subimos. Mi perro en un principio se resistió. Pero al ver a un vecino que se cruzó con un cigarillo encendido, mi mascota comenzó a caminar por sí sola, impulsada por cierto automatismo que yo desconocía de ella.

Al llegar arriba, la puerta del departamento estaba abierta de par en par. El olor a humo frío y seco que salía del habitáculo casi me voltéa. Sentí angustia. Sentí ansiedad, sentí muchas cosas a la vez. Por fin me decidí a ingresar. La luz del pasillo no funcionaba. Tropecé con un aparato de fax que recién divisé en la penumbra cuando sentí partirse el plastico bajo mis zapatos y comenzó a sonar el rollo de papel que estaba aparentemente atascado. Saludé alzando la voz. Pero nadie vino a mi encuentro. Tampoco nadie contestó a mi saludo.

Empujé la puerta del dormitorio a mi izquierda pensando en que quizás mi hermano había estado recostado haciendo una siesta. Él suele dormir mucho y en horarios extravagantes. Todos mis amigos, que son ahora también sus amigos, me han dicho de que siempre que lo llaman él aduce haber estado durmiendo. Me sentí culpable por haberlo despertado. Un caja con cables, conexiones y tarjetas de PC me cerraron el paso. La ropa arrojada sobre el piso complementaba el bloqueo. Eso sin mencionar que en una segunda línea de defensa se agrupaban libros varios en diversos idiomas, manuales, apuntes, cajas vacias de galletas, un sostén de micrófono, una guitarra sin cuerdas, una trinchera de polvo, un sillón que algún día fue blanco y un monopatín. Algo me decía de que luego de esa línea de contención se sucedían aún mas vallas de protección astutamente calculadas por un gran estratega militar. Antes de que mi vida siguiese corriendo peligro, decidí cambiar de rumbo y avanzar hacia el interior de la vivienda.

Mi perro emitió una suerte de aullido contenido. Quizás quería advertirme de algo. Tal vez solo fuese que sus bronquios estaban suficientemente taponados como para dejar que el sonido saliese de forma más natural y marcada. Fui caminando con cautela hacia la sala, deteniéndome frente al baño. Abrí la puerta pero no había nadie. No quise observar en mayor detenimiento tal habitación porque las primeras impresiones dispararon mi instinto nato de depresión y seguí avanzando unos pasos hasta el mayor de los cuartos: la sala de estar. Nosotros en Argentina lo llamamos el living. Y efectivamente, casi como adaptándose aún más a la palabra de origen inglés, dicho espacio daba absoluta fé de ser un sitio invadido e inundado de vida plenamente transcurrida y perfectamente acumulada: Innumerales contornos superpoblaban el espacio como si se tratase de una cordillera andina.

El cuarto se mantenía a oscuras. Necesité aspirar profundamente tres veces para no caer desmallado. Fue ahí de que intuí de que a mi hermano podría haberle sucedido lo peor. Por un instante me desesperé pero recobre valor. Si el estaba atrapado allí, yo debía salvarlo, no cabía duda. Tomé corraje y me aferré a la correa del perro. Su agudo olfato de seguro que me ayudaría a encontrar a la posible víctima. “¡Búsca, Lamehuesos, búsca!”, le supliqué al can. Mi perro, Lamehuesos, apenas se movió de su sitio. Amagó a desplazarse pero cayó rendido sobre su propio peso. Luego emitió una especie de suspiro atorado y se giró sobre su cuerpo pidiéndome de que le acariciase la panza.

Sin ayuda, yo iría solo al rescate, debía enfrentar la realidad de los hechos. Al dar el primer paso, una voz ronca me frenó en seco. “Qué pasa”, dijo. Me asusté. Por fin, quizás gracias a que mis pupilas ya se habían acostumbrado a la oscuridad, pude divisar un punto luminoso rojizo quemándose que se movía levemente. “Hermano, eres tú”, pregunté yo en una versión del castellano neutro que se utiliza para el doblaje de series norteamericanas en Latinoamérica. Era evidente de que el temor arrancaba de mi las reacciones más inesperadas. “Sí, boludo, quién va a ser sinó… estoy fumandome un pucho y descansando un poco”.

Caí desmayado por la tensión contenida. Cuando retorné del desvanecimiento, mi perro comía trozos de chuletas de cerdo a la leche de coco con lichi y almendras en un plato hondo. Mi hermano fumaba recostado en el sofá y pelaba unos maníes a la vez. Tenía la mirada fija en la pantalla de su computadora portatil. “Vendí un jugador, estoy segundo en la liga online de Beersheva”. Creí verlo sonreir cuando con un cigarrillo encendió el siguiente.

Quise levantarme pero no pude. Así pasé un largo rato, hasta que la oscuridad empezó a transmitirme una sensación de relajación muscular. El aire maloliente ahora me parecía familiar y transmitía seguridad. Mi perro eructó al terminar de comer y se echo sobre el piso. Estirando el brazo tomé el encendedor entre mis dedos y al primer chispaso la explosión fue tan seca que provocó de que el sonido nos dejase sordos antes de morir. El forense efectivamente constató el tipo de fallecimiento como muerte instantánea por hernia aguda de tímpanos. Por lo menos no fue el cigarrillo el que se llevó a mi hermano. Y por suerte nos fuimos juntos para que luego ninguno de los dos tuviese que soportar a nuestro padre de viejo con todas su manías aún más agudizadas. Del perro nunca aparecieron restos.

Así somos en esta familia, habíamos perecido en una cámara de gas como muchos de nuestros antepasados judíos en Alemania, atrapados por no saber o no poder salir a tiempo.

Sal de mí

Apenas nos estabamos conociendo con Matilda. Nos citamos en el Bar “Matilda” de Kreuzberg, Berlín. La idea fue mía en uno de esos ataques de espontaneidad y libre asociación pauperrima que me caracterizan. Como suelo ser más que puntual, llegue a la cita media hora antes. Debo confesar de que estaba levemente nervioso. Suelo sentirme así cada vez que veo a una mujer.

Como no tenía nada que hacer, me dediqué a escuchar conversaciones ajenas de las mesas contiguas. Mi atención fue ganada por una voz hispano-ibérica masculina que, como la mayoría de sus compatriotas, hablaba en un tono fuerte y por telefono celular. Lo noté irritado aunque resté importancia a mi percepción simple, ya que la experiencia me decía de que los espanoles siempre hablan con un tono que a mí se asemeja al enojo o la alteración. Carácter, me dicen, tenemos caracter, tío. En fin, agucé el oído. Y me percaté de que algo no andaba bien.

Mi vecino de mesa cortó abruptamente la llamada. Dejó casi de un golpe un billete de 5 euros sobre la mesa, se levantó rapidamente y así de iracundamente como se incorporó, abandonó el bar. En su apuro, pude observar, olvidó un papel sobre una de las sillas. Lo recogí para dárselo pero él ya no era divisable cuando salí a buscarlo a la puerta. Todos saben de que soy muy curioso, y es así como, ni corto ni perezoso, me dispuse a leer aquello que parecía una nota improvisada que nunca llegaría a destino.

“El problema es mío pero tú me haces mal. Yo se de que no es tu culpa aunque de todas formas no consigo vivir con el temor y la angustia que no me permiten dormirme mientras tu descansas plácidamente a mi lado bajo el efecto de las drogas y el alcohol. La carencia es mía, pero el gatillo que detentas tu entre tus dedos me tiene en vilo constantemente. El miedo no es lo que a uno le está pasando en el momento sino que es pensar en lo que a uno le puede suceder a futuro y no desea que pase.

Eres tan influenciable que por eso te deseo. Y por esa misma razón no te deseo, porque te pierdo tan facil como el viento se lleva a una hoja (anotación al margen del escrito: qué cursilería, tío!). No puedo vivir aferrándote, me agota, me amarga, no me gusta quién soy así.

Ha pasado mucho tiempo, quizás un ano y medio, quizás dos, desde que nos conocimos allí en Galicia y sentí por primera vez esto que te describo estando ambos en tu lecho. Ahora eso me agobia en mi propia cama y no puedo siquiera irme porque es también la tuya. Por eso te pido por favor de que te vayas tú. El problema es mío pero tu nunca me permitirás superarlo”.

Algo me distrajo de golpe. Era Matilda tocándome el hombro. Le propuse irnos a tomar algo a mi casa o a la suya directamente, sin vueltas. Casi no hablamos, nos emborrachamos sentados al borde de su cama, hicimos el amor dos veces como animales y me fui. No valía la pena involucrarse. Se lo dije. Y le dejé como regalo y justificativo la carta de mi desconocido amigo ibérico.

Sexo y fútbol

Era una tarde calurosa en Berlín. Chichornik y Cristobal tomaban un cafe en la callecita de moda del barrio, la Baywatch Strasse. La misión era muy facil: Juntar taloncitos de cafés gratis de otros clientes o de aquellos tontos turistas que superpoblaban la ciudad y los olvidaban sobre las mesas para sentarse luego a consumir un capucho o un cortadín junto a muchas chicas hermosas.

Demosle nombre completo a los protagonistas: Juan Argentino Chichornik y Cristobal Colgón. Luego de haberse cruzado en viajes y rutas extraviadas, por fin se habían acostumbrado a coincidor en Berlín de vez en cuando. Habían pasado casi dos años de entrecruces y mujeres compartidas sin saberlo. Ahora, eran el uno para el otro. Hacer amigos pasados los 30 años ya es tan complicado como dejarse llevar por la simplicidad de un romance a aquella edad. Los dos, sin decirselo, lo disfrutaban como un gran descubrimiento y regalo del destino. Nada mejor que un amigo a un aventura efimera y pasajera que siempre acaba en lo mismo.

Al sentarse, aquel día, a Chichornik se le clavó algo en su traste. Sobre la silla alguien había dejado un cuaderno de notas de tapa dura. La esquina superior derecha había dolido. Cristobal se ofreció a llevarlo hasta la caja del café. Pero al levantarse, de entre las hojas del cuaderno se desprendió una página suelta. Ambos comprendieron de que los estaba invitando a ser leída.

“Mi vida sexual de pareja desde que duermo en la cama que nos prestó Codornicio, algo así como desde hace unas dos semanas, se remite a la PlayStation. He comenzado una maravillosa liga con mi equipo de fútbol de toda la vida: River Plate. Acá mi escuadra gana bastantes veces, no es como en la realidad, porque actualmente el equipo da pena. Desde hace un par de temporadas, aunque hayan salido campeones hace un ano, el club millonario es un desastre. Y si me pongo a hacer memoria, más allá de que pareciese de que el lecho de mi amigo Codornicio llevase impregnada la sequía sexual de toda su vida para contagiarsela a todos los que duerman sobre sus cuatro patas, quizás deba sincerarme y aceptar de que las cosas con ella en este plano nunca fueron manifestaciones de un gran equipo.

A veces me sorprende de que la gran mayoría de mujeres nos desconocen tanto. Porque no comprenden de que para un hombre común y corriente como yo la existencia de la vida esta basada en axiomas tan simples como el sexo o el fútbol. O sexo y juego, o sexo y alcohol, o sexo y drogas, o sexo y música, pero siempe el sexo acompanandolo a todo. Por sobre encima de esos pilares fundamentales luego se construyen universos de poder o de simple vida cotidiana, más o menos complejos, según la persona. Siendo el ser femenino tan hábil y perspicaz, no entiendo como puede escpárseles este leve detalle. Es entonces que tiendo a desconfiar de la ingenuidad de la mujer y pienso de que todo es una sutil manera de hacerse las tontas.

No sé porqué, pero estoy casi convencido de que la mayoría de las mujeres son, en su profundo y más crudo ser, lesbianas. Y de que es por eso que no les apetece el sexo con hombres, porque les aburre pronto. He conocido casos contrarios a mi afirmación. Más bien he vivido en torno a buscarlos noche tras noche por anos y más anos, sin distinguir de si ha sido estando en relación o en soledad. Casi me he convencido de que mi impresión negativa era erronea. Hoy me desvelo para fotografiar en un texto breve la constatación de que no era así, que desde un comienzo siempre tuve razón.

Vengo de un país bien católico del sur en donde las mujeres tradicionalemnte  siempre han sido más dificiles y reprimidas en cuanto a vivir su sexualidad. Luego de una década y media viviendo en un país del norte, opino de que la liberalidad protestante y emanzipada de la mujer de aquí no hace, a nivel de resultados, gran diferencia para el hombre. Más bien, le resta. Sobaco sin afeitar, femineidad extraviada y un juego de seducción magro no superan a la vagina estrecha del sur.

Yo sé de que estas palabras son de alguna forma un texto de adelanto a mi despedida de ella. Hay miles de razones para que nunca tuviese que tomar esta decisión. Pero hay un único motivo que las voltéa a todas como si las mismas estuviesen ordenadas como fichas de dominó en fila  y uno tumbase la primera: Me estoy cansando de jugar PlayStation y mi dedo inferior ha golpeado a la primera ficha de dominó”.

- Uy, qué fuerte… y ahora qué, Cristobal? – dijo Chichornik
- Cómo que
ahora qué, tiralo a la basura y listo – sugirió Cristobal
- Y qué opinas, che, un texto así que nos aparece de sorpresa es porque quería que nosotros lo leamos…
- Ay, estimadisimo Chichornik, vos y tus ideas de los signos en la vida, yo no entiendo nada de lo que el texto dice, dejalo ahí, si querés, llevatelo y listo, o tiralo, o subastalo en el Mauer Park el domingo – sentenció Cristobal – Querés otro café?
- Sí, dale gracias – contestó Chichornik.
- Bueno, dale, los podés buscar vos? – sentenció Cristobal – Acá tenés dos tickets que piden ser trabsformados en cafecitos.

Chichornik se levanto a buscar dos cafecitos, los tickets les sobraban. Cristobal, mientras tanto, guardó la hoja extraviada en su bolsillo, se secó el sudor frío y respiró profundo. Por último, guardo su cuaderno en el bolso.


La ruta que los partió

Un buen día mi amigo Codornicio empezó a hablar quitándole las letras iniciales a losustantivos. Luego fueron los lugares también. Esta actitud afectó por ultimo a los nombres propios. Al principio todos nos reíamos y hasta empezamos a copiarlo. Así es como las modas y las costumbres se expanden: El contagio es lento e invisible. Lo que devino luego fue incotrolable. Se los aseguro, fue tan indomable como un lobo siberiano metido en un departamento de 50 metros cuadrados con un bebé recién nacido en una cuna. La deformación había comenzado. Y los enanos de circo, parientes lejanos de Codornicio, serían por fin reyes de la realidad. La República hacía un vuelco hacia el Medioevo y se auto-redefinía como Minireinato del Pío de la Plata Ahorrada.

Todo fue de un día para el otro. Como en un parpadeo de ballena en camara lenta debajo del agua. Fuimos testigos concientes del cambio, lo impulsamos, se podría decir de que nos gustó habernos deshecho de nuestros nombres. Ahora nos llamabamos solo por las inciales. El ahorro forzoso a la palabra impuesto por el recientemente nombrado Ministro de Finanzas y Favores, quién casualemente era mi amigo Codornicio,  se expandió por un país entero. La República del Faroleo ya no sería más la misma, ahora era un Minireinato, como en las viejas épocas coloniales. Fue allí que decidí escapar por un camino secreto, aquel que conducía al Desierto del Derroche.

Salí disparado de madrugada por la ruta. Aún no había aclarado. Mi moto rugía en silencio para pasar desapercibido. A las dos cuadras me pareció ver  a mi padre haciéndome dedo. Paré.

- Adónde vas con tanto apuro? – dijo, y continuó luego sin dejarme responder – Estoy precupado por vos y por tu hermano y por mi padres y por mí y por la economía y porque se viene una masacre sangrienta y por mi ahorros, y por…

Gire la muneca sobre el acelerador en el manubrio y salí disparado. La moto había sido la mejor inversión posible luego de que me despidiesen de La Corporación. Nada como un bípedo blanco y reluciente de Mac, sí, la iMoconeta era lo máximo. En especial porque se sincronizaba con toda mi música y videos sin necesidad de configuraciones fallidas.

Paré para comprarme un capuccino con una medialuna de jamón y queso. Solo había café negro recalentado al microondas y pechuguita de canario desgrasado. Ordenanza del Ministerio de Finanzas y Favores, era parte del Plan Ahorro impuesto por mi antiguo amigo. Me senté a ingerirlo. A mi lado se plantó un jovencito que sacó un ajedrez de su bolsillo, lo extendió sobre la mesa y comenzó a jugar una partida conmigo. Me contó de que quería ser politólogo, economista y millonario. Me pidió un trago de café y se comió mi pechuguita de canario sin decir nada. Jaque mate. Se levantó y se fue en un ciclomotor destartalado. Antes de partir me gritó de que se lo había comprado con el dividendo de las acciones que su tío le había puesto en la bolsa antes del Big Crash.

Ya camino hacia las afueras de la ciudad sentí que el aire mejoraba. Busqué alguna señal de tránsito que me indicase la dirección a seguir, pero solo ví postes mutilados. Al lado de los mismos había unas cabañas improvisadas que se habían construído con los materiales que le faltaban a los letreros. De entre los trastes me silvó un soldado que se acababa de despertar. Miré fijo. Era mi hermano. Había vuelto de la guerra. Sin decirnos nada se subió a mi moto y seguimos viaje.

Quise frenar pero mi hermano me obligó a acelerar más aún. Pisamos a mi madre que había resucitado y la matamos de nuevo. Cuando quise darme cuanta de lo que había sucedido, ya habíamos salido de la ciudad y el único signo civilizatorio era esa carretera asfaltada. La ruta era un imán que no llevaba a ningún lado. Mi hermano me dijo que nada ya no tenía sentido, de que lo importante era haber quebrado algo, destornillarse, de que era irrelevante qué era lo que había sucedido.

Por fin llegamos a un paraje agradable con una carpa. Entramos y nos recibieron con milanesas y una Playstation. Las camareras eran ella y la novia de él. Hace meses que no nos veíamos. Algo nos impidió abalanzarnos hacia la comida. Primero debíamos besarlas. Una perra salió a mi encuentro. Cuando quise acariciarla, me mordió y se llevó mi reloj de un tarascón. Empezó a ladrar y nos impidió movernos. Mi hermano la ignoró y quizo hacerse de un bocado. La perra grunió ferozmente.  Entonces mi hermano sacó el arma y le dió tres tiros en la cabeza. Me dijo que no estaba para discusiones.

Comimos y nos fuimos, por la ruta, hacia ningún lugar.

Revival

Pasó el tiempo, un largo perído, y ella logró por fin una de sus metas: Conquistar al mas apuesto del salón de baile. Lo llamaban “El Bello Roberto”. Para ella, alcanzar lo que se mira desde afuera cuando se ha crecido en un barrio periférico ex-comunista de la ciudad, es sinónimo de Volltreffer en la realización personal. Se encargó de hacerselo saber a todos, a sus amigos y a sus colegas del trabajo.

A todo esto, el conejito yacía casi enmohecido en el fondo del cajoncito en que había sido depositado. El día que le anunciaron que deseaban volver a contratarla en la empresa, fue a la entrevista con el conejito atando su cabellera. Le tocó lavarlo y sacarle algo de brillo antes. Luego de haber jurado y prometido de que nunca más aceptaría un trabajo que atentaba contra sus dignidad hedonista, todo era relativizado por una milésima de segundo telefónico que volvía a torcer su historia hacia el pasado. Donya Buena para Nada, la directora, había dejado sentenciada en una llamada nomás la continuidad de su empleada.

El día siguiente a los cambios ella comenzó a buscar la cercanía de sus colegas de manera excesiva. Todos aquellos que anteriormente le parecían embajadores de la mediocridad, eran ahora simpáticos amigos para compartir esos pequenos vicios que acompanan al trabajo: tomarse un café, armarse un cigarrillo y fumrarlo juntos, intercambiar opiniones sobre salidas o quizás hasta develar levemente asuntos amorosos que condimentaban a su vida.

Fue así como Neoadolfito, su colega con pinta de portero de discoteca, comenzó a fumar de nuevo. Este ser libidinoso hacía cualquier cosa con tal de tener a una mujer cerca. Convengamos de que su facha no le jugaba a favor, y, como se dice en Buenos Aires, su jeta – su cara – aún menos. Cada hora y media comenzaron a salir a fumar un pucho. El primer atado lo aportó ella. Los siguientes los aportó el: Era el precio justo por tener una hembra a su lado. El olor a sudor presexual era un mensaje subliminal que él emanaba cada vez que se quedaban solos frente a la puerta del lado de afuera. Ella hedía a nicotina de su boca, desde su respiración y por cada poro. El gris de la piel se iba acentuando día a día. Y el conejito había vuelto a su escondite, aquel profundo cajón.

La diferencia es que ahora el cajón estba situado en un nuevo apartamento mucho más cómodo y cercano al lugar de trabajo. Dicen que las consecuencias a veces van por delante de las causas y, en este caso, parecería como si los hechos hubieses confirmado la hipótesis. Todo iba color rosa, hasta que dejamos de verla concurrir a la oficina. Era como si se la hubiese tragado un agujero negro. No era la primer persona que veíamos desaparecer.

Mediocridades vistas desde la Máquina del Tiempo

Erase una vez un cuento que comienza como todas las fábulas infantiles con el ya legendario erase una vez. Resulta de que hace mucho tiempo en el Siglo XXI, en Berlín, el trabajo era una actividad manual: La gente debía mover sus cuerpos y mentes para que se ejecutasen las tareas. Por aquella época Tarambano Partolucci estaba a cargo de un escenario en un festival musical de la ciudad junto con su colega-socio y amigo Cachaqui Tachuela.

La Oficina Central encargada de la producción del festival público les habían asignado una misión, la cual,  ano tras ano, era necesario ser rediscutida y renegociada: Los dos organizadores, Tarambano y Cachaqui, solían traer ideas innovadoras y quería hacer del evento un algo que se distinguiese, un hito que sobresaliese, incluyendo contenidos nuevos e invitando a grupos del extrangero para que se fundiesen con el paisaje local. Sus ideas no implicaban la necesidad de gastar fondos extra, todo se podía hacer con los medios materiales existentes. Empero la Oficina Centra quería algo más standard y ajustado al status quo para no asustar a nadie – y, en el fondo, para que las movidas incomodasen lo menos posible a ellos. La pachorra genera obesidad mental y corporal , achancha al ser humano. Y  por último le roba los estímulos, la motivación y la pasión en general. Por eso mismo los dos amigos dieron un paso al costado y cada uno siguió su rumbo.

Al Centro de Información al Ciudadano Consumidor de Noticias, sitio semi-público, Tarambano entró con ideas y ganas de aportar numerosos impulsos. Pero sistemáticamente su ímpetu fue apagándose. Era más facil no hacer nada que empezar a modificar y mejorar cosas. Por eso, pasó el tiempo y Tarambano salió en busca de algo nuevo.

Cuando nuestro joven heroe del cuento, Tarambano, empezó con el primer disco compilatorio, estaba lleno de ilusiones. Con el tiempo se dió cuenta de que le sería imposible que se realizasen sus suenos: Los artistas eran demasiado despelotados y sus managers extremadamente idiotas e ineficaces. El auto-saboteo del mundo musical se olía en el aire nuevamente. Como lo más facil para cada nuevo album fue aceptar lo que caía por sí solo, Tarambano decidió seguir buscando su rumbo por otro lado para no caer en el planeta de lo chato.

Cachaqui y Tarambano se encontraron un buen día en un cafecito y acordaron reflotar un proyecto de baile-cultura de la ciudad. Los aires de cambio que aportaron, en un principio, realzaron al evento. Poro con el tiempo la mainstreamización hizo de que se perdiera el equilibrio interno y el evento se covirtió en una fiesta para ligar al 100%. No es que a ambos no les pareciese justificada la existencia de un templo para los juegos de seducción. Pero de nuevo la creación se había tornado en un algo  demasiado poco en donde por último se había establecido el imperativo del no cambiar nada por pereza de los demas organizadores y del público mismo… hasta que se aburriesen, se entiende, y el evento quedase tirado en el piso como trapo sucio.

Por fin, Tarambano se dió cuenta de que era la naturaleza propia a cualquier tipo de emprendimiento ser comido por sí mismo de la misma manera en que un cáncer es la crónica de un final biológico anunciado para los cuerpos que se ven afectados. Este era el signo de un milenio: Las personas en las sociedades de aquella época consumían los recursos hasta extinguirlos . Tomar la decisión de que cada día y cada acontecimiento debería ser único y no debía ansiar perpetuarse lo motivó a Taramabano a seguir la marcha sobre su línea de continuidad como judío errante. Y, al mejor estilo linyera, en un bar de Berlín, Tarambano se despiedió de Cachaqui dándose la mano.

Colorín colorado, un cuento más del pasado se ha acabado.

Casos del fracaso

Salgo de casa medio adormilado y, como de costumbre, atrasado. De camino al metro me sorprende una ciclista cerrándome el paso. Tardo unos segundos en salir del shock matinal. Mi raptora es nada más ni nada menos que Crustácela, una vieja amiga o conocida (dependediendo siemrpe, claro está, del grado dentro del esquemas vincular que uno aplique). Apenas consigo recuperarme, la saludo. Me siento a mí mismo como un videoclip en internet en el que la imágen y el sonido van levemente en diferido. A ella no parece llamarle demasiado la atención el tipos de mis reacciones retrasadas.

De todas formas, luego del saludo, no consigo almacenar ningún tipo de información más. Ella habla y habla y me cuenta sobre su vida actual como si nos hubiesemos visto ayer o como si fueramos amigos cercanos. Crustácela – pienso – no te das cuenta de que no te estoy escuchando? Evidentemente en algunos diálogos es irrelevante si la contraparte presta atención o no.

Yo la veo bla-blear tranquila. Y mientras lo hace, la observo. La veo considerablemente más vieja, mucho más entrada en anos que antes. Las canas han ocupado su cabellera. Las arrugas están en plena expansión. La falta de atención al efecto del maquillaje por parte de las mujeres pro-biológicas-ecológicas como ella no parece plantearse en su vida como una solución viable. Es verdad de que el tiempo pasa para todos, pero hay algún instante en las vidas de las personas en las que el cruce de una edad estética a la siguiente se hace más que evidente. Es como el paso de una frontera.

Crustácela sigue hablando. En el tono de su voz va decantándose, ahora sí, para mi oídos, una melodía triste, cansada. Es ahi que empiezo a darme cuenta de que habla tanto para escaparle a su depresión, huye despavorida por la autopista anecdotaria. Nos saludamos y cuando veo ese cuerpo considerablente engordecido sobre la pequena bicicleta, sé de que he estado frente a una persona más de las que combaten la frustración con alimentos. Los ninos que ella nunca tuvo podrían haberlo atenuado. O justificado, sino, el grosor de su masa corporal.

No consigo despertar, estoy metido aún en algo así como un confuso sueno, sigo caminando hacia la boca del metro.

* * *

Del transporte subterráneo pasé al tren interurbano, aquel que en Berlín llaman S-Bahn. Al salir a la superficie calzo mis flamanates nuevos anteojos de sol estilo rockero trasnochado que sale por la MTV. Son amplios, bien negros, me protegen de cada gota de sol que podría estar atacandome la sensible cabecita. El ipod con auriculares in-ear que van calzados bien profundo dentro de mis orejas completan la coraza urbana del caballero de la sensatez. No dejan pasar ni un solo tono externo: nada de ninos gritones malcriados molestos, nada de pandillitas de escolares con celulares que emanan un hip-hop detestable a todo volumen, nada de estudiantes hablando de seminarios tan teóricos que general angustia existencial, nada de borrachos a los gritos en busca de algo de atención por parte del mundo, nada de malos músicos callejeros con acordeoneschillones y agujereados, nada de vendedores sin techo que lamentablemente no les queda otra oportunidad que vender sus periódicos entre la masa malhumorada y ruidosa del tren, nada de conversaciones superfluas por celular de rubias plásticas que no cuentan nada y no permiten descansar. Aca estoy yo con mi música a salvo!

Vibra mi celular en el bolsillo. Es Pantapufla. Hace días que he estado intentando ubicarla. Luego de varios intentos, ella aparece, de la nada. Deduzco por su comportamiento, la desaparición, de que no anda bien, de que ha estado escondida en ella misma como si hubiese reposado unos días en el cajón de su mesita de luz. Como ya no me acuerdo para qué la he estado llamando, le pregunto por su vida y noto un dejo muy opaco en el sonido de su voz. El relato carece del brillo que solían traslucir su palabras antes, en un época no muy lejana. Miro por la ventanilla para ver si hay sol o esta nublado, pensando en que quizás, si el tiempo estuviese mal, esa podría ser la explicación que sirviese para entender el estado de ánimo que acompana a mi amiga. Pero afuera brilla el sol, es verano y hace calor aunque no demasiado.

Una reacción primaria me impulsa a buscar en mi cabeza algún tipo de idea que pudiese ayudarla. Pero no se muy bien qué decirle. Recuerdo de que en otras épocas tuve la sensación de que de algo quuizás podrían servir mis propuestas. Ahora presiento de que será muy dificil levantarle la moral. Ella esta sola y se nota. Y solo ella puede hacer algo para salir de la depresión, nadie más.

Me despido por telefono de Pantapufla sin demasiados malabarismos y me enchufo a los auriculares del ipod nuevamente.

* * *

Al llegar a la oficina, mi jefe, Luis, es la única persona ocupando la gran oficina.

- Hola, te dejaron solito – le digo al entrar a modo de cuasi-broma.
- Siempre estuve solo – me contesta sin despegar los ojos de la plantalla de su computadora, como siempre.

Su humor seco no me deja responder nada. Lo dice tan serio que no da pié a saber de qué manera interactuar con él. Intento vislumbrar un pliegue en su boca hacia arriba, algo que denote picardía. Nada. Su rostro inexpresivo, el mismo que domina su imagen durante las 14 horas por día que trabaja, se mantiene constante.

Mientras enciendo mi computadora e inicio el sistema no consigo dejar de pensar en la vida de los que me rodéan. Desde chico me gusta imaginarme el mediomabiente en el que están insertadas las personas que se me cruzan. Trato de hacerme una imagen del microcosmos que envuelve a mi jefe. No veo nada. Nada que me permita entusiasmarme, por lo menos. Me invade una sensación de vacío que solo puede ser ahogada con trabajo. Por suerte me dan una ganas tremendas de mear y salgo apurado al bano.

* * *

Al volver reviso mis emails. Da la casualidad de que hay dos correos de musicos que me han escrito: Rolando Sinrisa y Peter Nomegusta. Al mensaje de Rolando lo borro sin abrirlo siquiera. Este sujeto fue un personaje relativamente exitoso en el rock argentino de los anos ’80 y ’90. Hoy por hoy, el tiempo lo ha dejado fuera de competición, como a los futbolistas, que luego de cierta edad, deben retirarse. No quiero ser malo, pero prestarle atención a sus propuestas me deprimen. Lo veo anclado en una estación de provincia con un tren que ya pasó. Ninguna de sus ideas ni propuestas ni frases me convencen. Desconfío de las personas que no saben ser minimamente autocriticas ni pueden aceptar la realidad. Se le nota el apetito de mendigo, demasiado.

El email de Peter Nomegusta es para contarme de que tocará con su banda esta noche. El sitio es uno más de los millones de bares perdidos de Berlín, llenos de sudor y mal aireados, que abren una temporada y quiebran antes del primer ano. Pero como queda a dos cuadras de mi casa le contesto de que me separe dos entradas.

Estoy a punto de contarle lo que me provoca recibir emails de Rolando Sonrisa, pero decido no hacerlo. Han pasado muchísimos anos en los que el proyecto de Peter avanza a cuentagotas, y, si se desea observar el mismo proceso desde una óptica un poco menos optimista, se diría de que nunca surgió. A mi me gusta lo que hace porque lo quiero, es un buen amigo, y porque el resto de la gente de la banda me es muy amena. Creo que este es el motivo por el cual me gusta su música, aunque no puedo olvidarme de que sus creaciones originalmente me entraron más por la fuerza que a través de la sorpresa o la fascinación instantánea. A estas alturas espero que eso solo me haya pasado a mí.

El email sale con un texto muy breve y parco, digno de la producción matinal anterior al segundo café del día.

* * *

Observo el calendario para contar la cantidad de días que aún me restan en la empresa. Desde que me enteré de que no se podría renovar mi contrato hago esto todos los días. Se de que las circunstancias son las que hablan por el éxito o el fracaso en nuestras vidas. Pero qué me dirían si les cuento de que me muero de ganas por desaparecer de la oficina. Lo que algunos podrían interpretar como una derrota en mi vida es uno de los acontecimientos que más ilusión me provoca en los últimos anos.

Anaconda, su ratita y el Feng Shui

Anaconda tenía una ratita blanca hermosa que llevaba de un lado para el otro siempre con ella. La conocí en el supermercado de casualidad. Yo buscaba semillas biológicas para mejorar mi digestión, mientras que ella estaba procurando una semilitas de girasol para su roedora mascota. Como Anaconda no hablaba bien el alemán, se me acercó y me preguntó cómo se escribía “girasol” en alemán. Ella me había escuchado hablando con Beltrán en castellano por el celular y por ello dedujo de que me podría utlizar de traductor. Cuando me abordó, lo primero que atiné a pensar fue que lo de las semillas era una burda excusa para concerse. Luego, con el tiempo, pude comprobar de que Anaconda no es de esas mujeres que se andan con estrategias, sino que mas bien es de esas personas tan transparentes – y abruptas a veces también – como lo es el agua de una cascada, aquella que tambien puede enceguecernos o hasta llegar a danar la vista con su reflejo. Ella realmente estaba interesada en saber cómo se denominaba al girasol en alemán. De todas maneras, esa noche terminamos en la cama. Y esa fue la primera y única vez en que Anaconda dejó de lado a su ratita para entregarse a cualquier tipo de actividad humana.

Ha pasado el tiempo y muchas veces me pregunto qué demonios hago con Anaconda. Cada vez que conozco a alguna mujer y tengo la certeza de que con ella no podría jamás involucrarme seriamente, resulta lo contrario. Nunca le hago caso a mi estomago, mi angel protector integrado. Será porque todos somos autodestructivos y buscamos el sufrimiento? El placer es el sufrimiento, vieja y típica reflexión que llevó a cuestas desde hace décadas y que he adoptado de mi entorno judeo-cristiano en el cual he crecido. Miro alrededor y los veo a todos mis amigos subidos al carro de esta dinámica. Me asombra darme cuenta cuán simples somos y cuán seguido nos repetimos, una y otra vez, sin aburrirnos, sin cambiar nada. Se olvida facil, pienso, por eso caemos una y otra vez. Cada día que pasa me convenzo más aún de que somos ratitas de laboratorio de la Matrix. Por eso, la ratita blanca de Anaconda, sospecho, es un agente secreto, un espía de los malos, es ella que no le permite a Anaconda separase. Lo hace para poder monitorearla y vigilarnos todo el tiempo: Es la ratita que vigila a las otras ratitas.

La Matrix está testeando el instinto de maternidad de Anaconda. Aquel sentimiento que ella ha desarrollado por la ratita se basa indefectiblemente en el más puro valor agregado biológico exclusivamente femenino que existe, aquel que tan solo unas pocas privilegiadas consiguen sortear para liberarse de aquella presión sociocultural con la que la publicidad y el entorno privado nos bombardea. Si Anaconda no se separa de la ratita es porque ella cree que no desea hacerlo. Ella no se dá cuenta de que está siendo manipulada. Yo a veces pienso en decirselo, en hacer algo, pero se de que es en vano. No deseo que deje de lado a su ratita sino de que aprenda a vivir tambien sin ella sobre el hombro.

La soledad es otro de los pilares sobre los que la Matrix trabaja en este asunto. Hay personas que necesitan rodearse de seres vivos para no hundirse en un supuesto vacio emocional. Recuerdo que mi amiga Tarijaria alguna vez hablo de la “soledad acompanda” como su mayor ansia en la vida. No es la primera vez que alguien menciona esta idea sino que la misma es recurrente. Anaconda se anota en la lista de adeptos.

Anoche llego a casa con un quesito aromático y un ladrillo maciso. Voy a atraer a la ratita y apalstarla cuando se descuide, pienso. Anaconda se mete en el bano y la ratita la espera afuera. Es hora de proceder. Para potenciar la tentación coloco sobre el quesito una feta de jamón crudo ahumado sobre una tablita de diseno junto a la puerta de entrada. El plan es liquidar a la ratita e inmediatamente arrojarla por el ingreso a la casa hacia el pasillo, para que parezca un accidente. Me escondo detrás de la puerta de la habitación. Veo que la ratita se para del otro lado del pasillo y olfatea, empieza a caminar hacia el bocado.

De repente escucho un ruido de llaves y veo a mi hermano entrar.

- Mhhhh, que rico bocadillo – dice, mientras sin pensarlo demasiado engulle el quesito con jamón.

Maldita Matrix, pienso, enviaron a mi propio hermano para impedir de que liquidase a la ratita…

Saludo a mi hermanito y veo que se abre la puerta del bano. Sale Anaconda con el pelo mojado de la ducha y llama a su ratita. Naturalmente lo hace antes de saludar. La ratita no aparece y observo de que Anaconda se pone intranquila. Luego de unos segundos, desde el otro lado del pasillo, por lo menos dice hola. Le pido que por favor cierre la puerta del bano por motivos inherentes al Feng Shui. Cuando lo hace, todos vemos al mismo tiempo de que detrás hay un manchón inmenso morado contra la pared. Anaconda ha estampado de lleno a su ratita con la puerta del bano. Debo reconocer hoy de que los preceptos del Feng Shui fueron tambien disenados por la Matrix para proteger a sus agentes secretos. No acatarse a ellos quizas sea lo mejor.

La siesta del guerrero

Dicen que hasta los machos más salvajes deben cambiar pañales, cocinar, lavarse la ropa, hacer las compras y hasta limpiar sus guaridas – o cuidar, por lo menos, de que no se ensucien en demasía. Esta es la idea que me tiró mi amigo Cristobal Colgón el otro día, cuando nuevamente coincidimos en el tren de camino al laburo. Me llamó la atención de que mi compañero de viaje llevase puesto un sombrero mexicano. Cuando le pregunté por el cambio de look, me miro de reojo, y me dijo algo así como que era parte de la indumentaria que acompañaba a su nuevo período de vida: la siesta. Dijo que había depuesto las armas por un tiempo, de que se sentía cómodo y relajado, pero que había algo – un no-se-qué – que no le cuadraba, como una piedrita en el zapato.

- Pero Cristobal, vos siempre quejándote, eso ya parece una actividad deportiva tuya…
- Tenés razón, Superguacho, pero no puedo evitarlo, así soy yo.

Resignado a que mi amigo era como era, continuamos conversando. Me intrigaba saber más sobre los motivos del cambio, soy muy curioso.

Cristobal no empezó a contar sobre su vida sino que habló de los cambios en las rutinas de sus amigos. El sabado se había encontrado con El Joven Espuma, su novia, Nocheoscura, su novia, y él con su vieja nueva novia, ella. A eso de las 22:30 terminó el partido de futbol de turno. Era hora de conversar (dicen de que a la gente le gusta tanto el futbol porque los ayuda a evitar los dialogos). La charla no duró más de los 20 minutos reglamentarios post-partido o pleícula. Luego cada uno partió hacia sus respectivos hogares. Tanto el Joven Espuma más novia como Nocheoscura más su novia planeaban dormirse temprano. Era sábado. Aquí Cristobal se dió cuenta de que las cosas podían ponerse aburridísimas con ella. Algo había que hacer para evitarlo, ¿pero qué?

Si todo apuntaba a la modorra de pareja y sus efecto colateriales como tener hijos o construir un hogar conjunto, recibir amigos o familia del otro como si fuesen propios, o carecer de espacio y tiempo propio para explorar por la vida, para el gimnasio, para dormirse cuando uno desea hacerlo sin ser despertado luego, esto era el comienzo de una nueva era y de un gran desafío para Cristobal. Conciente de lo que podía venirse, y con certeza de que la realidad tambien es moldeable por las personas, se compró un sombrero, aceptó que era hora de distenderse, dejarse llevar por la lógica de la pereza si hiciese falta, y recuperar de aquella manera el sueño necesario para tener las energías vitales en el momento que lo requiriese. Si un guerrero duerme la siesta, no es para despedirse, sino que para tomar envión.

- Esperemos que así sea – me dijo Cristobal, reafirmando su pensamiento, antes de bajarse.

Las puertas se cerraron y yo seguí viaje al trabajo. Me invadió de repente un cansancio atroz y me quedé dormido profundamente.

Antes es después

Cuando salí esta mañana para el trabajo me crucé con mi amigo Cristobal Colgón. Coincidimos en el tren de camino el nuestros respectivos hogares laborales.

- Cómo andás, Cristobalito! – le dije.
- Hola “viejo”, ¿cómo vas? – me contestó.
- Todo viento, ¿te molesta si me siento con vos?
- No, claro, dale, sentate, che!

Noté de que andaba con la mirada algo perdida, huidiza, adormecida. Antes de que pudiese hacerle la siguiente pregunta, tomó la palabra.

- Antes es después – balbuceó dubitativamente – … ¿quizás?, ¿ojalá? no, no, me resisto…

Aquí pensé de que finalmente mi amigo había enloquecido. Estaba hablando solo. O me quería contar algo? Cuál es la diferencia, pensé, si siempre es lo mismo: Hablamos para vernos reflejados en un espejo, para legitimarnos frente a los demás, para descubrirnos. Esto justamente me lo enseñó Cristobal.

* * *

Sabado cualquiera por la noche. Han pasado 3 semanas. Fiesta de Etelvina Repelotudina. Ultimo piso, terraza. Cocina llena de gente. Fiesta alemana: Léase, todos en la cocina. Cristobal cae por la fiesta tempranito junto con su amigo Codornicio. La idea es hacer un toco y me voy: Huír rapido, las fiestas de Etelvina son, casi por definición nominal, malas. Como Cristobal y Codornicio están al re-pedo, y la casa de Repelotudina les queda relativamente cerca, pasan por ahí con un vino chileno de esos baratos para quedar bien pero no invertir demasiado en algo que no vale la pena.

La noche termina inesperadamente tarde, a la mañana siguiente, en un bar de mala muerte, con Codornicio, Cristobal y dos niñas que se llevaron de la fiesta. Obviamente que con ninguna ha pasado nada ni sucederá. A Codornicio le gusto Repetta, una chica de la fiesta que se retiró antes de que partiesen hacia el bar. Igual intenta probar suerte con ambas guerreras, sin obtener resultados, como suele ser siempre la suerte de Codornicio. Cristobal se ha quedado porque le atrae el peligro que irradia Transilvanika. Pollitomojada, la otra chica del duo despabilado, empero, busca a Cristobal, cada vez que se ven. Los espirales de expectativas encadenados son complicados. Enredados a veces. Transilvanika histeriquea a lo bestia, y luego hasta intenta golpear a Cristobal, pero de ahí no pasa la cosa. Ambos antiheroes se van a dormir, las chicas tambien. Todos por separado.

* * *

Domingo al mediodía. Una semana ha pasado desde dicho acontecimiento y Codornicio no ha parado de repetir una y otra vez de que le había gustado mucho Repetta. Con ella había podido hablar en italiano y además le había demostrado su interés por un asunto laboral que solo a ella le podía cautivar. Pero Codornicio es asi, bien veletta, por una chica se convierte teóricamente en fanático de los intereses de una mujer. En ningún momento de la semana, empero, tuvo coraje para llamarla.

Codornicio y Cristobal van buscando un sitio adecuado para tomar un desayuno-almuerzo. El sabado por la noche lo han pasado de manera sana y tranquila. Hay que disfrutar de un domingo soleado. Grata sorpresa: Etelvina Repelotudina esta almorzando en un café italiano con vista al parque. Saluda e invita a los dos chicos a sentarse con ella y sus amigas. Una de ellas es Repetta. Cristobal no la reconoce y propone a su amigo seguir buscando otro sitio, pero los codazos de Codornicio lo hacen reaccionar y por fin comparten mesa con las muchachas. Codornicio pide en fluído italiano un par de rondas de proseco per tutti.

Son las 5 de la tarde, los chicos y las chicas yacen en el parque desparramados sobre la hierba con varias botellas de proseco liquidadas. La borrachera en medio del día y al sol es galopante. Suena el celular de Codornicio para recordarle de que su ex-novia lo estará esperando para ir a una función de ópera. Cristobal redefine la situación: más que función, salir con tu ex, le dice, es una defuncion, una muerte súbita. La voz llorosa y culposa al celular de Codornicio, al llamar a su ex para cancelarle, no logra su objetivo, asi que el amigo se las toma repitiendo una y otra vez que es un pobre pelotudo.

La jornada sigue en la terraza de Repelotudina. Ahora se sumó el novio de la duena de casa, Esquinante. Al rato, igual emprenden la retirada. Esquinante, Cristobal y Repetta se van juntos en tren. Los chicos se bajan primero ya que tiene una pertida de pocker pedniente y al despedirse, Cristobal le arroja un pico a Repetta, sin entenderse uy bien si fue intencional o no.

* * *

Sabado a la noche nuevamente. Ha pasado una semana más. Cristobal ahora está en una fiesta de una amiga de una amiga de Repelotudina. Lo invitó a venir su amigo Esquinante. Al final Repelotudina no asiste, excusandose por un dolor de cabeza que la trae mal. El alcohol y los buenos cocteles corren por la noche como caballos de carrera. Repetta esta en la fiesta. A Cristobal, me cuenta, no le ha parecido significantemente atractiva, pero a medida que avanza la noche, la neutralidad se va convirtiendo en deseo belicoso.

La fiesta está regada de bellas chicas y Cristobal, Esquinante y toda su legión de colegas se han casi parado de cabeza. A Cristobal empieza a llamarle la atención de que cada vez que comienza a parlarse una mina, aparece Repetta para interrumpir, fingiendo encontarse en estado de borrachera. Es obvio, para Cristobal, según me cuenta, de que ella no estba tan empedada como se presentaba. Las mujeres marcan territorio, me dice mi amigo, aún no había pasado nada entre nosotros, y ella ya lo estaba haciendo, retruca Cristobal.

Los amigos se van y Cristobal se queda en la fiesta. Como Codornicio ha regresado a su país de trabajo habitual al otro lado del mundo, allá por Guayana Francesa, no hay motivo para frenar impulsos. Aún jugando de visitante en campo rival, Cristobal hace caso a su espíritu emprendedor y enchufale un beso con Cuba Libre a Repetta. Ella, al principio, finge un leve rechazo, pero al segundo se toma del interior de la boca de él todo el coctel que el aún retiene. La noche veraniega termina con ambos en el Club de los Empastillados a las 8 de la matina. Allí por fin charlan por primera vez, se conocen. Y algo en las cabecitas de ambos sucede. Ella no se va con él porque no corresponde que una chica se la haga tan facil a un hombre, aún si se muere de ganas. El motivo no es moral sino que estratégico, me cuenta que le ha confesado otra amiga a Cristobal.

* * *

Ha pasado un semana nuevamente. Cristobal y Repetta han hablado por telefono el miercoles, día obligado para arreglar algo para el finde siguiente sin que ninguno de los dos paresca, por un lado, ni ansioso, ni por el otro, que está llamando por descarte.

Sábado. A las 2:00 se encuentran sobre el barco de la fiesta en el que habían acordado verse. Es raro de que no haya visto yo esa noche a Cristobal en la partuza porque allí estuve tambien. Habíamos justamente acordado un encuentro de los blogueros y las blogueras que participan de este proyecto sinrumbo.

No todo está dicho y al principio parece que nada sucederá entre ambos. Cristobal me confiesa de que empieza a ponerse un poco nervioso. No entiendo muy bien si dice nervioso o ansioso. Pero todo sucede como de costumbre, el alcohol va soltando las inhibiciones. Para cuando desean darse cuenta, los amigos de ella han partido, Cristobal y Repetta estan matandose a los besos con algunos manotazos por toda la fiesta.

Se van a la casa de él. Ella le dice que desea depositarlo en la cama para quitarle la ropa, ponerle el pijama y taparlo con la sábana. Cuando ella se despierta y se levanta, se besan una vez mas y saben de que el terreno es fertil. Sin embargo Cristobal al rato le escribe a ella un email y le cuenta de que no desea de que el juego que ambos han comenzado, escale. Ella, la novia de Cristobal, llega en unos días a vivir a la ciudad con él luego de haber construido desde hace meses una relación a distancia.

* * *

Cristobal, de alguna manera, cree intuir de que la relación con ella no funcionará, no sabe explicarlo. Y presiente de que lo que acaba de vivir con Repetta es parte del pasado pero es quizás un adelanto del futuro. Se niega a creerlo, me dice en el tren. No desea pensar en nada más que en el cafe y la medialuna con queso que lo están esperando en la confitería del trabajo.

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