Cuatro que se creían fantásticos
Todos seguramente recordarán aquel comic de los superhéroes LOS CUATRO FANTASTICOS. En Alemania hasta hay un grupo de música que adoptó el nombre. Pero a los verdaderos Cuatro Fantásticos los conocí en una fiesta, la que ellos mismos organizaban. Vayamos por pasos…
Mi nombre completo es María Consuelo de la Gestación, pero me dicen Conchita porque es más fácil y corto. Llegue a un barco en una noche fría, lluviosa, ventosa, que ni siquiera era negra por el smog y las luces de la ciudad. Había llegado a Berlín hace poco y todos me decían que este era el clima típico. En especial la noche, en la cual se sumergía este rincón del mundo ni bien terminaba el brevísimo verano, era la hora del día que primaba: Nueve meses de oscuridad y frío. Según me decían, el período letárgico acababa de empezar. Y aquí es donde también comienza mi historia, la de los Cuatro Fantásticos.
Les decía que llegué a un barco. Allí me habían comentado que había una vez por mes una fiesta de Rock Latino y otras raridades folclóricas del continente, pero yo desde la puerta apenas pude percibir algo de Salsa que provenía del piso de arriba y luego algo de cumbia del piso de abajo. Todo el asunto me pareció raro de entrada, es decir, desde el momento en que arribé al ingreso al barco. En la puerta me habían recibido dos seres más que extraños, uno con un acento creo que chileno – exaltadamente marcado – que se alteró tremendamente cuando le pregunté si me hacían descuento, y otro, que creo que era centroamericano y que tomó al supuesto chileno de los brazos para calmarlo y para que no me empujase al río que había debajo. Caballerosamente el mismo individuo me invito a subir y me pregunto si estaba casada, comprometida o algo por el estilo. Cuando le dije que no, se ofreció amablemente a acompañarme hasta el guardarropas para ayudarme a quitarme el sobretodo e invitarme luego a bailar una pieza musical con él, en su defecto a compartir una trago. Le agradecí y le dije que por el momento no me apetecía. Creo que lo vi deprimirse y llorar, quizás hasta decir “¡Todas las mujeres son iguales!”.
Pero el más raro de todos fue aquel ser que estaba parado en la puerta, supuestamente coordinando y controlando todo, aquel que tenía la responsabilidad del área y que por los comentarios fanfarrones y su acento me di cuenta que era argentino. No me vio. Y me sorprendió doblemente porque no solo soy hermosa y sexy sino que, además, en la puerta habían olvidado cobrarme y yo no llevaba el sello que le estampan a una en la entrada cuando paga. El argentino ni se percató, así como no se enteraba de nada de lo que pasaba. Lo único que hacía era repetirle una y otra vez a alguien algo de unos tales Cuatro Fantásticos y de algo así como EL NIñO LA REGLA – Proyecto Gestación.
Me dirigí directo al salón donde sonaba Salsa. No es que me gustase demasiado este estilo musical, sino que más bien quería quitarme la duda de que efectivamente se trataba de Salsa. Como les comenté antes, me habían dicho que justamente esta fiesta no era salsera… En el piso de arriba sonaba Salsa y en el lugar del DJ sucedía algo extrañísimo porque apenas pude ver una dentadura blanco perlado que hacía reflejo con las luces y se movía al son del ritmo. Qué efectos especiales más modernos, pensé. Pero cuando mi vista se acostumbro a la oscuridad me di cuenta de que la dentadura se sostenía por un contorno que parecía ser un cuerpito flaquito y oscuro. La mayor sorpresa llegó cuando ese cuerpo apareció, al instante, rodeándome como un pulpo de ocho tentáculos y saludándome. Como yo no soy racista opté por darle charla a este negrito tan simpático, que ostentaba un look algo así como del joven Michael Jackson y James Brown juntos. El fue el primero que me dijo: “Te estábamos esperando”. No supe a qué atribuir tal comentario. Luego me piropeó de una manera algo demasiado pegajosa y adherente y me habló de si sabía algo de los Cuatro Fantásticos y de EL NIñO LA REGLA – Proyecto Gestación. Le dije que claro que no sabía nada. La música se acabó y este personaje salió volando hacia los controles del DJ mientras lo insultaban por distraído. Aproveche la oportunidad para salir yo volando hacia el piso de abajo.
Todo lo que allí vi fue algo que todavía no se porqué me deprimió. La gente se divertía bailando Cumbia. Pero el DJ, un hombrecito enorme con cara de niño y cuerpo de hombre, colocaba la música. Su gesto era de suma tristeza. Me le acerque porque por algún motivo me dio lástima. Pero cuando estaba llegando a hablarle vi que desenfundaba un vaso de cerveza de medio litro, lleno, de algún lugar, y se lo clavaba entero de una sola vez y sin parar a respirar. La expresión de su cara cambió por un instante, lo vi feliz, pero luego retorno a su estado melancólico. De repente yo estaba ahí parada y me dijo, así de la nada: “Ya! Soy uno de los Cuatro Fantásticos, has venido por EL NIñO LA REGLA – Proyecto Gestación”. Pude reconocer su acento boliviano, lo cual me tranquilizó porque sé que las personas de esta nacionalidad son inofensivas. Le dije “hola” y me fui. A medida que me alejaba del DJ lo empecé a ver cada vez más chiquito, no se si por una cuestión de perspectiva o si se trataba de otra cosa.
El paso del frío de afuera al calor sofocante y el aire irrespirable del barco avivaron mi vejiga y fui en busca del baño. Las ganas de hacer pipí me vinieron tan de golpe que en el pasillo tropecé con el guardarropas. “Es un euro”, me dijo el chico que atendía. Sin poder contestarle nada siguió hablando, yo no se qué, porque luego de las dos primeras palabras no pude seguirlo más en su discurso. Algo me decía de las perchas, el horario de cierre del guardarropas, los números, el cambio, del Tango y la esclavitud del bandoneón a dicho estilo, me hablo de un tal Gato o de un gato, no sé, me habló del cosmos y el ser, me habló de los carbones que había apilado en su casa para calefaccionar, me habló de otro sitio llamado Mudd Club, me habló de su muela que se le había inflamado en verano, me habló tanto que me mareó y la única salvación fue introducirme por la puerta contigua.
Al principio creí que por fin había encontrado el baño porque había ruido de agua corriente. Pero no era así, sino que el cuarto era algo que parecía ser un laboratorio clandestino. Vestido con guardapolvos blanco y al ritmo del Ragga Muffin un tipo que se asemejaba a Silvestre Stalone y a Bob Marley juntos tenía un tubo de ensayos en una mano y comía tostadas con la otra. De hecho a su lado había una enorme tostadora que contrastaba con el vasto instrumentario del laboratorio. Le hablé sin saber porqué lo hacía. El solo se limitó a recitar algo que decía rastafah ay, silasi ay, dreadlock power, Adama jah. Luego me dijo que sería directo. “Ojalá”, pense yo, pero sin darme cuenta lo dije en voz alta. Parece que mis palabras lo hicieron titubear en un primer instante pero luego se afirmó: “O venís a Nápoles con nosotros o quedás condenada a escuchar Ragga Muffin todo el día”. Luego prosiguió: “La causa revolucionaria de los Cuatro Fantásticos y de EL NIñO LA REGLA – Proyecto Gestación te necesita, sos la elegida, no podés negarte, necesitamos tu cuerpo para incubar al ser que cambiará el mundo, la cruza genética con lo mejor de nosotros cuatro”.
Cuando quise darme cuenta los tres restantes personajes, el argentino distraído, el boliviano deprimido y el negrito adhesivo estaban parados detrás de mí, cerrándome el pasó hacia la puerta. El científico loco, que creo que era salvadoreño por su forma parca de hablar y su acento campechano, me miró fijamente. Estaba encerrada en esa habitación con estas personas tan raras. ¿Que haría para librarme? No podía imaginarme tener un hijo de ellos, por más justa y honorable que fuese la causa, por más heroico que fuese el acto, por más que ello solucionase todos los problemas juntos del mundo y marcase un hito en la Historia Mundial, por más que eso hiciese acabar el hambre, la pobreza, las guerras, la violencia urbana, las desigualdades materiales, la discriminación, por más que acceder a su pedido fuesen garantía de la abolición del frío, el cáncer, el sida y demás males, yo no podía comprometerme con ellos, no, jamás con ellos. Toda mujer desea ser madre – y más aún yo, que soy latina – , es la sensación más profunda en la vida que se puede tener, pero aquel sentimiento antropológicamente ancestral quedaba anulado en mí tan solo con ver a estos seres.
Por fin se me ocurrió como zafarme y les dije: “Lo haré si me conceden una petición, sin ella yo no hago nada”. Proseguí: “Quiero que antes de inseminarme artificialmente me hagan el amor cada uno de ustedes”. Me dejaron ir, sin decir nada, y ya desde afuera los escuché conversar, pacíficamente. “Ya! La próxima será”, dijo bajito uno. “Sí, la próxima, marica, la próxima, coño”, lo consoló otro. “Ojalá, por silasiay, la próxima, ojalá”, dijo el tercero. “Y bueno, che, que le vamo’ a hacer, nos cagó bien, ¿o acaso alguno de ustedes se puede imaginar de meterla en el mismo lugar que los otros tres de nosotros…? No se dijo nada más, todos salieron a la fiesta.
En el transcurso de la noche bailaron varias veces conmigo, María Consuelo de la Gestación alias Conchita, eran inofensivos y muy divertidos. Además pude hacer honor a mi nombre y conseguí consolarlos: Les dije que me gustaba mucho su fiesta, ¡la fiesta de los mejores Cuatro Fantásticos!
Más Salvador Mapuche
Cuando Salvador Mapuche intentó despegar sus ojos la cabeza no dejaba de echarle chispas. Hacía ya tiempo que vivía en Berlín y se había ambientado de maravillas. Por eso, anoche, cuando fue a ver a Chico Trujillo en el Café Zapata, supo que ir de nuevo a un concierto de la banda de cumbia chilena no sería simplemente una recaída musical (ellos tocaban todas las semanas del verano unas 3 a 4 noches seguidas), sino que sería algo más. Y así como llegó sabiendo lo que le esperaba, también la encontró a ella.
Si bien se habían visto seguido en las reuniones políticas del MRC (Movimiento Revolucionario Comprometido) , verse por fuera era otra cosa. Por lo menos en la faz operativa. Porque el juego en verdad solo tenía sentido en el marco del adentro-afuera, en el movimiento de aquel péndulo entre la fidelidad a las causas y la entereza moral-política, por una lado, y el desafío y la rebelión a las normas por el otro, confundiéndose a veces con inclaras situaciones que podrían calificarse de incoherentes o contradictorias. Fue así que la vio, la sedujo – o más bien se sedujeron mutuamente – y obviamente se besaron, porque ¿sino de qué trataría esta historia?
El resto es deducible: Lo hicieron de parados en el toilette cuando quedaban ya pocas personas en el local, él la acompaño luego a la parada del Nachtbus (el glorioso noctambus) y la vio partir sin saber si la quería o si más bien le servía para digerir estados emocionales, si la extrañaría, o si la vería en los días siguientes en una reunión y la saludaría con un beso en la mejilla como si nada hubiese pasado, aún si todos lo sabían.
Por fin Salvador logró que sus párpados no se mantuviesen adheridos por esa mucosa matinal que luego de una borrachera deshidratante la hace más espesa que de costumbre. Bostezó dejando salir su aliento a caballo muerto y en estado de putrefacción y pegó un grito: “¿Mi amor, hay café?”. Desde otra habitación una voz de mujer con un timbre vocal claramente germano le contestó en castellano “Háztelo tu mismo, y déjame trabajar tranquila, tengo que entregar mi Hausarbeit en dos días”. Ella ni se molestó en despegar su mirada del monitor de su computadora, menos aún en preguntarle porqué había llegado tan borracho anoche, ni porqué había encontrado un condón abierto y anudado con un viscoso jugo adentro y que asomaba del bolsillo de su pantalón hecho un bollo en el piso junto a la cama. Ella era esclava del tiempo y más aún de la autodisciplina y, cuando escribía sus trabajos para la universidad – aún si se trataban de ridículas monografías sobre temas concernientes a Latinoamérica y de índole revolucionaria para el nivel del Grundstudium – , no había nada ni nadie más importante que dicha labor. Quizás por eso Salvador se había ido alejando de ella y, sin darse cuenta, pensaba “¿qué chucha entiende esta cuica concha’e’su madre de Latinoamérica y de la revolución?”
* * *
- “¿Marica, y no te dijo nada la Tanja ?” – le preguntó su amigo colombiano, enfatizando la sonoridad cada vez más a medida que formulaba la pregunta y se acercaba al signo de interrogación que cierra la frase
- “Nada, de na’, hue’on, la flaca esta en otra, hue’on, no la cacho… “ – dijo Salvador casi con tono de desesperación
- “Gilún” – incursionó su otro amigo argentino presente – “la mina se está haciendo la boluda, para mí que a la mina o le gusta sufrir o te está preparando una venganza de la que no vas salir vivo ni en pedo”
- “Chucha, argentino culea’o, vos siempre dándotelas de psicoanalista, ya deja de huevadas, hue’on” – se atajó Salvador
- “¿Pero y con Rosita qué, cuéntame, que tal estuvo eso en el baño del Zapata, marica, que le hiciste, que te hizo…” – aprovechó el colombiano para preguntar
- “Chucha, colombiano pajero, que lo que a mí me tiene mal es la cosa con la Tanja, hue’on, y que no se dé cuenta, hue’on, y a tí solo te interesa el sexo, nos seas intruso, hue’on, que lo del baño no te incumbe, culea’o!” – dijo Salvador ya algo alterado
- “Ves, Salvador, eso te pasa por conversar de estas cosas con latinoamericanos, vos tenés que charlar conmigo que soy argentino y de estas cosas sé, che“
- “Váyanse los dos a la concha ‘e su madre, culea’os ! “ - dijo a grito pelado Salvador, miró su cerveza vacía, se levanto y enfiló hacia la puerta del bar. Habían tomado tanto que apenas podía diferenciar entre la salida y la entrada. Sus compañeros más cercanos del MRC no servían para hablar de otra cosa que no fuese de política, de cuestiones sentimentales mejor olvidarse.
* * *
Rosita le pasó su esbozo de panfleto informativo a Tanja. Las dos estaban en el mismo grupo, en el MRC. Había llegado la hora de la acción, la acción política. Pero antes de aventurarse a poner en práctica los ideales había que debatir sobre las estrategias. Salvador pidió la palabra:
- “¡Compañeros y compañeras, debemos ser coherentes en nuestros discurso y nuestro proceder, fieles a nuestras ideas, eso es lo más importante, no dejemos que las estrategias nos perviertan!”
Tanja lo miró, no pudo evitarlo. Rosita la miró a ella. Todos miraron a ellos, a los tres. Por un momento reinó el silencio. Luego todo prosiguió el mismo transcurso que siempre tenían las reuniones y el debate se prolongó hasta tardías horas de la noche. Por fin la reunión terminó y Tanja se fue a casa porque, si bien había entregado ya su Hausarbeit, ahora estaba ocupada con un Referat. Ni bien ella se retiró, Salvador intentó darle un beso a Rosita, pero ésta lo esquivó y adujo que ya era demasiado tarde, que al día siguiente tenía harto que hacer.
Tirados en los sillones, mucho más tarde, borrachos hasta el culo, totalmente idos, el colombiano, el argentino y Salvador sabían que no solo podían compartir temas políticos sino que todos estaban en la misma. Quizás por eso ninguno se atrevió a hacer una broma, quizás por eso lloraron los tres juntos y sin intentar disimularlo.
P R E S A G I O S
Apenas la ví por detrás y ya supe que ella era la correcta. Su forma de llevar puesto el cuerpo, pero sobre todo, cierta parte del esqueleto recubierto, me convencieron de algo que no es común en mí: Enamorarme. Y peor aún, en cuestión de instantes supe que tendríamos familia, formaríamos un hogar y el perro se llamaría Cachilo. También ví a los chicos correteando por un jardín inmenso bajo el sol colándose entre los grandes árboles, la ví a ella trayéndome un drink bien helado al borde de la piscina, y me ví a mí, gordo e inflado como una bolsa de polietileno del ALDI cuando está llena a reventar después de hacer las compras (que por no pagar 10 Cents más decidimos solo tomar una única mísera bolsita) dicéndole gracias mi amor (para recibir la contestación no es nada mi vida, te amo), dándole un besito a ella y tocándole ese culito sagrado que con el correr de los años se había ido poniendo cada vez mejor.
Fue ahí cuando volví de mis pensamientos a la realidad y me convencí de que debía dejar de tomar así en esa fiesta. Y de que el porro era algo maligno. Por eso decidí liquidarlo fumándomelo todo, para que no sobreviviese y se reproduciera. Ella paso de nuevo por delante mío. Y no solo eso, sino que justo cuando estaba rebasándome al mejor estilo bólido de Meteoro con Mono Chispita y todo (se acuerdan del dibujo animado?) algo la hizo pisar el freno de golpe y cayó sobre mí. Allá delante de ella estaba un mexicano de esos que siempre se empedan hasta la madre y solo consiguen articular la palabra pinche al principio de la frase para perder la coordinación al tratar de seguir hablando. El chavo se había echado un vómito catarático que empezaba a bajar por las escaleras del local como si realmente hubiese tenido intenciones artísticas de generar una instalación improvisada.
Sentí su culito perfecto, hermoso, bien formadito, durito y a la vez suave y tierno, ese trofeo glorioso, apoyarse sobre mí, más precisamente sobre mi pie derecho, ya que ella cayó al piso del salto. Mis zapatos habían amortiguado el golpe de la caída y salvado aquella pieza de museo (intocable?) de un accidente fatal. Me agaché para ayudarla a incorporarse pero al tomarla del brazo noté que no reaccionaba. La tomé de ambos brazos y por debajo de las axilas sin poder evitar tocarle los senos, pero no conseguí hacer que se parase. Cuando quise darme cuenta, pude percatarme de que no respiraba, no se movían sus pulmones, ni su nariz, ni nada. Mierda, estaba muerta y llena de mis huellas digitales.
El sonido y luces de las sirenas inundaban el bar. Por fin se la llevaron en una ambulancia toda tapada. Y a mí también, esposado y a los golpes. Pedí un abogado pero se me riéron en la cara: „Pendejo de mierda“, dijeron, „eso es de las películas, aca los que decimos qué se hace somos nosotros“.
Mis amigos me fueron despidiendo a lo lejos con caras que iban del llanto a la incomprensión, de lo anonanado a lo condenante. Yo sin embargo, internamente me sentí feliz: Ya no terminaría mis días como un chancho burgués decadente. Seguro que en la policía además se aclararía el caso. ¿O no? No fuese a ser que me crean culpable de homicidio…. ¿O si? Empece a dudar. ¡Puta, mierda, dejenme salir, todo por un culo, por un puto culo! Las mujeres siempre tienen la culpa de todo
Una noche primaveral cualquiera
soy parte de una tribu que no logra ponerse de acuerdo si somos victimas o victimarios; o ambos al vez. la diaspora fue desde casi siempre un hecho para nosotros, asi que esa doble postura entre compromiso y descreimiento esta sumamente inmerso en nuestro pensar y actuar. como entonces no vivir asi, el dia, pero sin olvidarse de que habra mas dias. la cuestion es sobrevivir. y para sobrevivir hay que saber disfrutar.
hoy sali, como casi todas las noches. salir de noche es parte de los rituales de mi tribu. de algunos, digamos, no todos. funcionalmente el salir es parte de las ideas expuestas en el parrafo anterior. y por eso no me procupa salir, porque se que es parte inescindible y necesaria de mi existir. soy un aborigen y no planeao cambiar o querer acceder a algun estado civilizatorio que se autoproclame “superior”. para mi las verdades estan tanto en el cotidiano como en las noches.
salir puede implicar una conquista o una serie de acontecimientos menores, por ejemplo. esta ultima noche esta mechada de un sinnumero de ellos. llego a casa y siento que algo ha pasado. festejamos la despedida de un gran amigo que siempre me acompano en la vida y se va a probar suerte contratado en mexico. lo peor que le puede pasar es enamorarse de una mexicana. espero que le vaya bien y se enamore. el sufrimientoy el placer van juntos, ya es hora de que lo descubra.
estaba y estuve con mi ex novia. ella es adorable y nos queremos mucho. se pone tan suavecita cuando le propicio un masaje en publico que la gente cree que volvimos. pero me cago en lo que digan, ella y yo la pasamos muy bien asi. que lindo que es ademas cuando bailamos salsa. y que genial que es querer a alguien sin amarlo o tener una relacion. las jaulas son a la larga siempre claustrofobicas, aun si en algun momento transmiten seguridad.
tambien estaba mi gran y primer amigo aleman de visita en berlin. hace tiempo que no saliamos juntos. el pobre se volvio loco porque una chica en el bar demasiado apuesta y sensual lo miraba intermitente toda la noche. luego yo me entere por otro amigo del lugar que ella es prostituta. pero recien se lo dije a mi amigo cuando salimos del bar. el ser humano necesita la ilusion para vivir. y tampoco era cosa de que se corra la bola del oficio de la chica en el lugar. los latinos suelen ser unos chismosos de mierda y arruinan vidas tan solo por un el placer deportivo de hablar mal de otros.
unos skinheads entraron al bar y hubo violencia fisica en la evacuacion. vinieron a ofrecerse a que los caguen a tortazos y los saquen a la mierda, si es que no estan ya en la mierda. que pasa en este pais que la violencia urbana se disfraza de fascista?
alla en el bar estaba un amigo muy intimo: era el barman de mi bar habitue de antes, de la esquina de casa, hasta que el se salio. los sinceramientos mas verdaderos se admiten en dos casos: o cuando alguien ama a alguien o cuando esta borracho (y pero aun es cuando confluyen ambos estados). la guardia no se debe bajar en otras oportunidades. en definitiva todos seguimos siendo caballeros medievales. tambien las mujeres lo son, portan escudo, van a caballo y se defienden con la lanza o la espada; y se emborrachan en la taberna de noche, comen como cerdas y eruptan.
parece haber llegado la primavera a la ciudad, con ella las flores, las mariposas y los verdes prados rebrotando, el sol y temperaturas mas decentes. esta es la epoca de los enamorados. que lindo! me cago en el amor. y a la vez lo busco, lo trato de encontrar siempre. es parte quizas de la idiosincracia pendular de mi tribu. nada puedo hacer para evitarlo. tampoco quiero.
Si te pierdo
1.
Hace cuatro años casi no te veo, ahora yo soy feo, empero experimentado, habil y audáz y si la chance me dás
una vez más tal vez nos veremos de vuelta – vieja perra!
2.
La tuvo en sus brazos porque creía que así no se le escaparía. Pero se le escurrió entre los dedos como si fuese hecha de agua. Más bien parecía un algo mucoso, porque sintió como se pasaba entremedio de sus garfios con un movimiento que era lento y prolongado, pegajoso y que se estiraba, era pestilente y con ese olor a resfrío.
Luego de la enfermedad vinieron los tiempos de recuperación. Pesados y oscuros, grises. Ahora: Cómo escribir algo alegre si afuera llueve, está gris, húmedo y frío. Y se supone que es primavera. Maldito Berlín. Con el tiempo de mierda que tenés, te robás todo lo que podés ofrecer.
Me acostumbre a su ausencia. Y en un día diferente ella volvió. Porque yo la busqué. Porque fui a su reencuentro. Pensando que no me tocaría más. Pensando que yo era un ser superado. Y me dí cuenta que así era. ¿O esperaban que les diga que seguía siendo un perdedor? A la gente le gusta la desgracia ajena. Pero vayanse a cagar porque acá soy un ganador. Así que mejor nos relacionamos en base a otro esquema: Ahora yo soy el superhéroe y ustedes los seres ayudados por mi caridad. ¡Idolátrenme!
3.
Mi Buenos Aires querido, cuándo yo te vuelva a ver, estaré en Berlín como siempre mirándote por internet.
4.
Nos hay mejor final que aquel que no lo es. Porque siempre te volvés a ver. Los finales están en nuestra mente. Asociarlo con el miedo es por una proyección estúpida a futuro. ¿Y qué es el tiempo acaso? Nada. Ni nunca sabés. Aúnque volver es imposible. El diá que salga el sol escribo algo más alegre, ¿ok?
El dictado de ciertas naturalezas
I – El cuerno bendito
No hay sensación de afecto y agradacemiento comparable al que se siente por una esposa cornuda. Ella siempre está cuando la necesitamos y además nos permite vivir el adulterio sin enterarse y, por ende, sin protestar, con la plena comprensión de fingir el no-saber. Pero yo estoy convencido de que ellas siempre lo perciben, desde el primer desliz que uno tiene, lo intuyen y se callan. Esto las hace aún más queribles y es por eso que su posición en la pareja se fortalece.
Ellas están preparadas para parir, para ver sangre, para el dolor, para soportar mucho más que los hombres. Ellas son el sexo resistente, aquellas que hasta sus hormonas consiguen mantener bajo control si es necesario.
No hay sensación de desprecio mayor del que se pueda sentir por un hombre cornudo. El día que ellas deciden aplicar la poligamia lo hacen tan bien que nosotros jamás podremos ni siquiera atrevernos a sospechar. El hombre es obvio, tosco, burdo para el engaño amoroso; la mujer sutil, delicada y muy suspicaz. Las historias de tragedias melodramáticas femeninas son una invención de los hombres en su deseo de imperializar mentalmente a las mujeres e intentar domarlas culturalmente. El hombre esta destinado a ser un niño alegre en su ignorancia, un infeliz en la vida real, por más esfuerzos que realice en pos de querer evolucionar.
II – Martín en la ciudad de la furia
Martín la conoció tirando piedras frente a una entidad bancaria en las protestas callejeras de diciembre que protagonizó la ciudad de Buenos Aires. Para aquel entonces el país estaba convulsionado, sonaban cacerolas casi todas las noches, había saqueos, violencia policíaca, bronca, hacía calor y todo parecía posible, como si los límites de lo real se hubiesen desvanecido y la cortina invisible de las normas y los valores que envuelve a la sociedad estuviese levantada permanentemente.
Martín había ido a protestar al centro de su barrio al igual que casi todos en la ciudad (a excepción de su joven esposa que estaba de ocho meses) y de pronto se encontró con un panorama algo demasiado diversificado, una mezcla de protesta pacífica, algunos actos de saqueos a negocios pequeños y rotura de ventanales de las filiales de los diferentes bancos.
Sofía era una de la personas que se encargaba, en medio de esa tórrida noche veraniega, de volcar toda su convicción política en el peso de las piedras que arrojaba contra las capillas urbanas del capital financiero. Ella se comportaba de manera recia pero obviamente, como la gran mayoría de las militantes políticas estudiantiles de mi país, era, a pesar de las andrajosas vestimentas entre semi-hipoides y medio punk, bastante bonita y sus razgos delataban también su ascendencia de „familia bien“.
Martín la tomó del brazo para impedir que tirase el próximo cascotaso. En realidad el se moría de ganas de tocarla, de entrar en contacto con ella, aunque en ese momento no lo sabía. Ella se dió vuelta esperando encontrarse con un policía de civil y le estrelló como pudo el objeto en su cabeza. Martín calló al piso y se desvaneció. Cuando volvió en sí, en el suelo, unas señoras gordas y bigotudas en musculosa grasienta y olorosa le estaban arrojando en la cara el agua clorada de sus botellas descartables de plasticos reutilizadas seguro innumrables veces hasta casi hasta la desintegración de las mismas.
Martín se incoporó de un golpe, casi como si hubiese sufrido un shock al ver, de repente, a semejantes insultos a la estética humana. El efecto contraste era nuevamente lo más eficaz para hacer reaccionar hasta a un autista. Se tocó la cabeza porque empezaba a dolerle y se metió en la pizzeria de la esquina que había colgado banderas argentinas en todos los ventanales para que la enfurecida multitud no le rompiese los vidrios. Le caía algo de sangre de la herida, pero la tapó enseguida con una servilletas de mala calidad, de esas que hay en las pizzerias de barrio. Se pidió una porción de muzzarela con fainá, una coca cola y luego de darse el banquete se fue a su casa a dormir.
Lo esperaba su esposa que ya estaba por el quinto sueño. Esa noche el soñó con ella, con la chica da la piedra, con que la encontraba en la estación de tren y, acto seguido, aparecían en el baño de damas que está junto a la boletería y lo hacían salvajemente de pie, ella contra la pared y de espaldas a él. El sueño se interrumpía ahí, con el silbido de un tren.
III – Camila y el sexto sentido femenino
A la manana siguiente cuando abrió los ojos su esposa ya se había levantado. Al oir que el se movía le trajo una aspirina a la cama con un vaso de agua. No le preguntó nada, le dió un besito en la boca y le dijo que la cápsula le iba a ayudar a soportar mejor el dolor.
Él le empezó a contar lo que había sucedido anoche pero ella, si bien lo escuchó comprensivamente, parecía estar pendiente de otro detalle en su relato. Al final de la historia le dijo, sonriente, que mejor la próxima vez se buscaba una chica menos atractiva a la que le había propiciado semejante herida porque sino terminaría, encima, enamorandose de su agresora. El no había hecho ninguna descripción sobre la chica. Como sabía Camila de ella?
IV – Metáfora tren (relaciones de un país calavera)
Sofía se subió al tren que iba hacia Plaza de Mayo para participar de la manifestación de ese día. Dos estaciones después cedió el asiento a una chica embarazada que parecía le faltaba muy poco para dar a luz. Ella, la chica embarazada, iba de la mano de un joven guapo y apuesto que se quedó de pié junto a ella. El se agachaba reiteradamente para besarla y acariciarle la panzota. Eran la fiel imagen de los padres enamorados.
Un celular sonó en la cartera de ella. Ella dudó unos segundos y atendió. Habló con Martín que se había quedado en la cama porque el dolor de cabeza aún seguía taladrándole el cerebro. Antes de cortar le susurró que lo amaba. Camila colgó y le dijo a su afectuoso acompañante que tal vez sería mejor no decirle nada a Martín, su esposo, sobre la verdadera paternidad del chico que esperaban.
El tren frenó de golpe y se mantuvo detenido por un buen rato. No había ni un día que funcionase sin averiarse en alguna parte del trayecto hacia la casa de el, la crisis económica era omnipresente, había penetrado hasta en lo más infimo: un viaje en tren.
Das Unheimliche (inquietante)
Estoy sentado de noche frente al mar en una playa de la ultima isla antes de que se abra el gran océano Atlántico. La noche es de un color negro profundo y el mar, de noche, a lo lejos se funde con la opacidad del cielo, apenas estrellado. La oscuridad es intensa y el ruido de las olas se vuelve intimidante. Es imposible evitar de mirar hacia el horizonte como queriendo ver algo aunque resulte fisicamente imposible. No hay luna. Estoy esperando a que llegue la ola gigante y se lleve todo, me envuelva, barra con la isla y los periódicos al día siguiente hablen del acontecimiento sin precedentes. Sé que vendrá y me llevará con ella.
* * *
Me despierto con una erección. Tuve un sueno erótico con una compañerita del secundario, creo que hace más de doce anos que ni me percataba de la existencia de esta persona. Nunca pasó nada con ella ni me atraía. Pero esta noche la inocencia de las miradas sobre el cuerpo desnudo del uno sobre otro fueron de una sensualidad explosiva.
Mi novia entra al cuarto con un café recien hecho. Ella se levantó antes que yo, como de costumbre. Se acerca para darme la taza. Yo desplazo el objeto poniéndolo sobre el piso al lado de la cama, la tomo a ella del brazo y comienzo a desnudarla. Hacemos el amor y termino dentro de mi companerita. Nunca me hubiese imaginado que fuese tan placentero hacerlo con ella.
* * *
El sol ya ha comenzado a separar las sociedades. Están las que no lo tienen y lo consumen en sus vacaciones y están las que lo trabajan para los que no lo tienen. (También están las que ni lo tienen ni lo consumen y las que lo tienen pero ni consiguen trabajarlo. Esta es la constatación de que siempre se puede estar peor.)
Yo estoy sentado en la terraza soleada con vista al mar, al cerro, a los plantajes de platanos y a la montaña. Depende hacia dónde se mire, siempre hay algo quieto y pintoresco para ver. Tomo mi jugo de acerola, que es como que me chupen las bolas: agradable pero ninguna sensación extasíatica.
Mi novia, a mi lado, expresa que espera con ansias el anochecer. Yo también. A ella le fascina el romanticismo que envuelve la caída del sol sobre el mar. Yo espero la oscuridad, único espacio de libertad en donde tiene lugar lo verdadero, todo lo que tiene que ver con das Unheimliche.
No hay motivo para cuestionarse porque dos personas están juntas mientras que cada una goce la diferencia dentro de los hechos comunes. Aunque quizás esta noche por fin llegue la ola gigante y barra con todo. Me sentaré a esperarla y fijar la mirada hacia el horizonte del mar en el profundo negro de la oscuridad total.
El retorno de Fito Chávez
Fito llegó a las puertas del cielo luego de que Enrico lo balease sixtuplemente en la cabeza a quemarropa y se encontró con San Pedo en la angelical recepción:
- ¿Nombre, hijo? – pregunto el barbudo
- Fito Chávez, vos, ¿y quién sos vos? ¡Ah, ya sé, de a huevos, vos sos Fidel Castro de incógnito! Buena onda, vos, no sabía que trabajabas también por esto lares…
- ¿Que dices, hijo, no comprendo nada, puedes repetirme lo que has dicho?
- Vos, no importa, no era tan importante. ¿Quionda aquí, puedo pasar? – pregunto Fito, esforzándose para expresarse normalmente
- En un principio solo a prueba. ¿Qué puedes ofrecernos, hijo? – dijo San Pedo
- Pos, yo puedo pasarte música en las fiestas, de a huevo, buena onda vos, también canto, fui famoso allí abajo, en una discoteca de Berlín. Y si querés también hago una publicación informativa, un Fazine, de las fiestas… BLAH, BLAH, BLA…
Fito parecía entusiasmado. ¡Por fin alguien que lo escuchaba concentradamente! El silencio de San Pedo encubría sabiduría, ya que quién más sabe es el que ha aprendido a callar. Sus ojos cerrados en contraste con la larga barba blanca le hacían pensar a Fito en que San Pedo meditaba cada frase, cada palabra proferida por él. Por eso Fito continuó hablando, hasta que por fin se dio cuenta por los ronquidos, que San Pedo se había quedado dormido. Pero no, más bien había entrado en estado de coma, aparentemente las palabras de Fito habían causado daños cerebrales en el Santo Padre de los Cielos. Fito fue apresado y enviado en una cápsula al Infierno. Lo recibió Pepe Lucifer:
- ¿Hola, qué quieres aquí? – preguntó Lucifer con cara de resentido social
- Hola vos, quionda, me mandaron de arriba, ¿qué calor que hace, cuanto pagan por la calefacción? ¡Qué bien que funciona, de a huevos!
- ¿Tu no eres aquel que pasaba música en una discoteca de Berlín, ah?
- ¡El mismo, Fito Chávez, de a huevos, vos! ¿Cómo me conocés? ¡Por fin alguien que me reconoce, aunque no sea una chava, pero me reconociste, vos, buena onda!
- Algún trabajito voy a tener para ti, veamos… Necesito copiar todo lo que hacen en la fiesta de Berlín para hacerlo luego en mis fiestas de aquí.
- Qué bien, vos, porque yo paso música y puedo hacer una publicación impresa, con seudópodo y fotos de amigos en Guatepeor.
- Ja pé, cierra el hocico, huevón o te lo pongo por el poto, aquí el único que habla y hace propuestas soy yo, ¿entendido?
Parece que las palabras de Pepe Lucifer lo agarraron a Fito en un momento de hipersensibilidad, ya que la reacción del protagonista se tornó irreversible. Sus ojos se pusieron rojos de furia, bañados por lagrimas gelatinosas de odio. Se acercó a Lucifer y comenzó a surtirlo de escupitajos. En su defensa, Lucifer, no tuvo otra escapatoria que presionar el botón de EJECT y devolver a Fito a la superficie del mundo terrenal.
Por fin arriba, Fito exclamó:
- No entiendo, ¿qué hago mal?
En aquél mismo instante Enrico justo pasaba por el lugar donde Fito había reaparecido. Al ver al pusilánime nuevamente casi se cae sobre sus nalgas.
- ¿Qué hacés loco por acá? ¡No lo puedo creer, pero si te surtí hace unos días con mi Magnum 365! – exclamó Enrico totalmente atónito.
- Ahí tenés, vos, ¿quionda, que contás de nuevo, vos? ¡De a huevo, que buena onda verte de nuevo, Enrico!
Enrico sacó su revolver de grueso calibre nuevamente del bolsillo interior de su chaqueta y se pegó un tiro en la boca. Era obvio que por más que las sesiones psicoanalíticas podían ayudarlo a superar sus angustias en la vida, no pudo superar el fenómeno del retorno de un muerto al mundo, menos aún tratándose de nada más ni nada menos que de Fito Chávez.
- Vos, parece que tan bien no andabas, cuate – dijo Fito – Porque en vez de platicar sobre tus problemas conmigo, tomás decisiones tan drásticas y espontáneas. Saludámelos a los muchachos allí arriba o abajo, y ojo, no les comentes que pinchas música porque creo que no les cae bien.
Fito se fue caminando con su larga cabellera enrulada, de cara al viento, silbando una melodía de un grupo de Rock panameño, pensando que en su casa lo esperaba su amorcito. Se le ocurrió entonces que había estado ausente por unos días y noches:
- Puta, espero que La Chicha no piense que estos días que anduve afuera fue porque estuve rumbeando por ahí – meditó Fito para sus adentros – … No lo creo, ni se habrá enterado de que no estuve, con lo ocupada que siempre anda.
La figura de Fito se fue perdiendo en el horizonte, primero a lo ancho porque era muy delgado y luego a lo alto, poco a poco, hasta convertirse en un minúsculo punto más de la ciudad.
Fito Chávez
- ¿Hola vos, cómo andás? – saludó Fito con voz gallinácea a su amigo. – ¡ Una hemorragia de placer verte de nuevo por aquí, cool!
Enrico, que jamás le había escuchado la frase standard a Fito se sonrojó y no supo muy bien que contestarle. De todas maneras le agradeció por el saludo.
- ¿Qué decís tanto tiempo, está pisado, no? – agregó Fito, haciendo la pregunta y respondiéndola antes de que Enrico pueda decir algo.
- Y, ahí andamos, che, tirando, que se yo, haciendo lo que se puede – por fin respondió Enrico
- ¡ De a huevo, cool, qué bien! ¿quionda?
Nuevamente Enrico no supo que contestar o decir con respecto a las palabras que Fito había proferido. Es que no conseguía entenderlo en su forma de expresarse, nunca lo había podido hacer. Al principio pensaba que se debía a las diferencias regionales que encierran los dialectos de los diferentes países hispano parlantes. Luego empezó a sospechar que más bien la incomprensión era una cuestión que se remitía a diferentes estructuras mentales y de pensamiento.
- ¡ Vos, que son esas ropas, Enrico, son de pistudo, de a huevo! Estás hecho un mango, no es que quiera ser metiche, pero ¿en qué andás, vos?
- ¡ Y a vos que carajo te importa, pendejo! O acaso no sabés que no hay que meter las narices donde nadie te llama.
Parece que Fito acababa de poner el dedito en un lugar sensible, lo que provocó que el carácter pacífico de Enrico se tornase un desborde colérico que irrumpió de la nada.
- Vos, no te pongas así, Enrico, era solo una pregunta.
- Lo que pasa es que vos te vas de boca, pibe, ¿me entendés? Te vas de geta contra el piso como una mina bien tetona porque sos un bocón que no puede dejar de hablar.
- Pero mirá Enrico, lo olvidamos lo del pistudo, el mango y todo eso si querés, quionda, ¿qué decís del tiempo, pisado, no?
A Enrico se le acabó la paciencia, sacó de su saco un revolver Magnum 365 y le incrustó a Fito seis descargas seguidas a quemarropa en la cabeza.
- Pibe ahora sos boleta, andá a joder a tu abuela hablando como un pelotudo allá en el cielo.
Enrico guardó su revolver en el lugar de donde lo había sacado, se limpio los restos de pólvora de sus dedos con un pañuelito de papel y antes de retirarse le dijo a la inmundicia sobre el piso en que se había convertido Fito:
- Loco, perdoname, pero es que cada vez que salgo del psicólogo quedo mal.
El Gaucho Cimitarra
Pampero Zoilo Hernández era de esos gauchos criollazos como pocos aún quedaban en Argentina desde que Menem y luego la Alianza pasasen por el gobierno. Él había nacido, crecido y vivido toda su vida en el campo. Muy pocas veces había ido a Gral. Hacha y solo una vez tuvo que ir a Santa Rosa por cuestiones de sucesión de su chacra. Como su nombre ya lo insinuaba, y su biografía lo demostraba, el hombre era bien pampeano.
Pero un buen día, su nieta que estudiaba Antropología en La Plata, lo invitó a acompañarla en un viaje a España que ella se había ganado en un programa vespertino de televisión. Más precisamente, el viaje sería a Algeciras en Andalucía. De allí habían partido los ancestros del gaucho hacia el Nuevo Continente alguna vez hace quién sabe ya cuanto tiempo. El premio del viaje estipulaba que el viaje debía ser en busca de las raíces que todos los argentinos están buscando constantemente y tantos problemas de identidad, crisis económicas, golpes de estado y escándalos políticos de corrupción acarreaban, según se había sostenido en el programa de TV conducido por un joven intelectual.
A Pampero no le daba la menor gana de moverse de su sitio, el campo, y menos aún se imaginaba – podía siquiera concebir – la idea de viajar más allá de Santa Rosa, la capital de La Pampa. Pero la pregunta de su nieta lo tomó de sorpresa; él sabía como tratar con hombres, pero no con las mujeres, especie en extinción en el campo (la última con la que había tratado fue su difunta mujer; su hija había huido a la ciudad y la única que lo visitaba esporádicamente era esta dulce nietita). Fue así que no supo resistirle a las insistencias de su nieta y partió un desolado día domingo con ella para España.
Los detalles del viaje hasta Algeciras quisiera obviarlos, porque es evidente el trastorno que produjo en la mente del gaucho la travesía. Él se había auto convencido de que realizaría una hazaña al mejor estilo de su mayor y único héroe: el Martín Fierro. Esta idea fue la que le permitió seguir siempre adelante, al llegar a Buenos Aires y ver edificios, autos, la bulla de la gran ciudad, luego el aeropuerto de Ezeiza, subirse a un avión teniendo que dejar en custodia su inseparable facón (cuchillo de gaucho, arma y también único instrumento multiuso en el campo), llegar al Aeropuerto de Barajas en España y ser recogido allí por un enviado de las autoridades andaluzas del Municipio de Algeciras.
Pero hay un hecho muy curioso que no fue registrado en las crónicas de viaje protocoladas por las autoridades del Ayuntamiento de Algeciras en el cuál les propongo detenerse. Se trata de una excursión que Pampero y su nieta realizaron al Norte de Marruecos… Lo que sucedió es que Eliana (así se llamaba ella) estudiaba Antropología, como ya fue mencionado en otro momento. Cuando en la ciudad de Algeciras divisó cerca del puerto las ofertas para hacer un tour a Tetuán vía Ceuta, quedó profundamente excitada intelectualmente. Aplicó entonces con su abuelo, el buenazo Pampero, la misma táctica sutil de antes, cuando se trataba de convencerlo de viajar, y, por estas cosas por las cuales toda mujer domina, en el arte de convencer a los hombres, consiguió la aprobación de su pobre abuelo para ir juntos a Marruecos. Sería un tour guiado, de un día nada más, cruzando “el charco” por la mañana y volviendo por la noche a España. Pampero aceptó con una única condición: esta vez no lo obligarían a separarse de su noble facón como había sido al tomar el avión. – “¡Pero no, abuelo, vamos en barco, no hay drama, che, lo podes llevar todo el tiempo!” -, le dijo Eliana para tranquilizarlo.
En el puerto de Ceuta – ciudad y viejo enclave estratégico español en el Norte de Marruecos – los estaba esperando un amable guía marroquí que recibió al grupo de turistas en un excelente castellano, inglés, francés e italiano. Cuando el grupo estuvo completo salieron directamente a Tetuán, apenas pasando por Ceuta hasta el margen de la ciudad y frontera de la Unión Europea. Cruzar esa línea da la sensación latente de estar pasando de un mundo a otro, del bienestar del “primer mundo” a la precariedad extrema del “tercer mundo” en cuestión de instantes, del mundo occidental al musulmán y dejar de ver jeans, camisas y etc. para hacer más bien un viaje en el tiempo que en la geografía del planeta.
El guía no paró de hablar en el bus en un inglés cada vez más incomprensible a medida que avanzaba el viaje. No paró ni un momento de balbucear palabras que no eran ya ningún idioma identificable. De todas maneras Pampero no entendía inglés. Por fin llegaron luego de una hora y media a Tetuán y allí fueron al Medina, como es denominado el tradicional mercado de la ciudad vieja, que aún sigue funcionando prácticamente como el único centro de intercambio en la actualidad. El lugar parecía realmente haberse detenido en el tiempo, que todo aquí era, había sido y sería siempre igual. Los indicios de civilización occidental eran mínimos. Sin embargo no fueron los turistas del grupo con sus vestimentas modernas y occidentales los que llamaron la atención del público, sino que fue Pampero, con su indumentaria típica gauchesca – bombacha y facón al cinto ancho y platinado por las monedas adheridas, sombrero de ala fruncida, botas bien calzadas y pañuelo rojo al cuello, así como la bolsa para el mate – quién se ganó la atención de la gente de Tetuán. Ni bien descendió del bus los primeros transeúntes se acercaron para tocarlo, pero no se animaban demasiado. Le empezaron a hablar y comenzaron a proferir rezos infinitos. Había llegado un dios, o un diablo…
El guía, algo nervioso apuró el paso con el grupo. Empezaron a seguirlos los chicos, que en el camino se iban juntando. Se le acercaban a Pampero, le gritaban, se reían y le tironeaban de la ropa. Pampero, de carácter forjado en la tranquilidad del desolado campo, empezó a molestarse y perder la paciencia. Ágilmente el guía logro escabullir al grupo por el mercado y Pampero tuvo una pausa. Pero esta no duró mucho. A lo largo de los laberintos del viejo mercado, atestados de gente, animales vivos olorosos, verduras, especias, vasijas de cerámica y quien sabe cuantos otros objetos había ahí, más la persecución de obsesivos vendedores ambulantes de porquerías y artesanías que deseaban negociar cosas hasta el cansancio y el fastidio, y sumándole a esto los niños que comenzaban a violentarse levemente en su carrera de persecución y tironeo de ropas de Pampero, sirvieron para que el mismo estallara como una pava cuando hierve el agua para el mate. La gota que había hecho rebalsar el vaso de agua la proporcionó un maliciosos niño que pellizco a pampero en un testículo. Pampero atinó a propiciarle un cazote de aquellos con los cuales se educan a los chicos en el campo.
Al cabo de un instante nomás se formó un círculo de gente alrededor de Pampero, gritando y abriéndose para que pasase el furioso padre de la criatura, enfundando una cimitarra (cuchilla árabe) en pose amenazante al mejor estilo de las viejas películas de Hollywood. Pero la amenaza al duelo era en serio, para eso a Pampero no le hacía falta entender árabe. Pampero supo instintivamente que hacer: Sacó su facón y cuchilla en mano se aprestó al combate.
El duelo fue duro y Pampero lo supo desde el momento en que desenfundó a su noble compañero. ¡Pero no hay como gaucho valiente, carajo! Antes de lanzarse al combate sus ultimas palabras fueron para recitar, con voz grave y aguerrida, una estrofa del Martín Fierro:
Ya veo que somos los dos
astilla del mesmo palo:
yo paso por gaucho malo
y usté anda del mesmo modo,
y yo, pa acabarlo todo,
a los indios me refalo.
Aún hoy en día se habla de Pampero, que lamentablemente – ¡qué tristeza desgarradora! – yace enterrado en La Pampa, junto con su facón y la cimitarra del árabe que liquidó en el duelo. Lástima que Pampero se atragantó con un huesito del asado hace un mes y este lo mandó al cielo. ¡Qué en paz descanses, Pampero, gran valor, Gaucho Cimitarra, nunca te olvidaremos!