Sinceramientos de un Sibarita
Allá están ellas siempre por las dudas
Era la hora del almuerzo y fuiste a la cantina con Rapiro, tu viejo amigo del cole. Corría el futuro en tu sueño porque de pronto se habían transladado al 2009. Tu existencia no tenía un sentido muy definido, eras el de antes – es decir: el de ahora. Te gustaba escuchar el hard rock de fines de los ’80 que nuevamente se había puesto de moda. Por esas cosas del destino, también las cabelleras largas se usaban una vez más y vos llevabas una. Las botas cortas con terminación en punta y unos jeans rotos completaban la vestimenta. Eras todo un neo-hardrocker de principio de Siglo XXI. Tus amigos también y todos en el cole eran tan cools y modernos que estaban siempre a la moda. Ambos tomaron una bandeja del comedor y fueron a por algo de comer. La cantina del colegio era una pasarela de telenovela juvenil. Y más que comer, todos y todas iban a participar de un gran reality-show en circuito cerrado y escondido detrás de una institución escolar.
Te sentías muy cómodo porque eras un pibe jovencito de secundaria pero con la experiencia de una persona treintaañera. Eso te daba seguridad y paz interior. Pensaste que no había nada mejor que existir en sueños porque esas cosas solo eran posibles de manera omnírica. Y es así que estabas charlando con Rapiro en la cola de la comida sobre tonteras cuando vinieron a saludarlo su hermanita y una amiga de ella, hermana menor a su vez de una ex compañera de ustedes que había cambiado de colegio. Te pareció muy linda, hermosa. Cómo puede ser de que nunca te habías percatado de ella en todos estos años? Bueno, pensaste, los sueños son así, una gran revelación inesperada en la cual se nos hacen evidentes los deseos últimos y la percepción se nos amplía considerablemente. Soñar era como estar en sensorialmente en celo. Así sí valía la pena ir al colegio y a almorzar.
Fueron muy poco las palabras que llegaste a cruzar con ellas, y menos aún las que intercambiaste con la pequeña hermosa. Pero fueron suficientes para que por la tarde te las cruzases en el café del cole y te invitasen por la noche a darte una vuelta por el disco-club de la institución que funcionaba en horario matiné desde las 19:00 ya que eso era un colegio para menores de edad. A esa hora clavada estabas en la puerta esperándolas. Llegaron casi una hora tarde como todas las chicas argentinas. Ya de jovencitas van esculpiendo su caracter, pensaste. Y te alegró saber de que el encanto especial que tenían las chicas de tu país era parte del paquete.
- Entremos – dijo la hermana de Rapiro.
Ellas caminaron por delante, vos las ibas siguiendo. Por algún motivo, ellas parecieron menos interesadas en vos que al mediodía y por la tarde. Subieron bien alto por una escalera caracol y se apostaron en una amplia plataforma que se sostenía tan solo de una estructura de metal. La banda de hard-rock empezó a tocar y el piso se agitó como si fuese a caerse. Te dió vertigo y pensaste en descender inmediatamente. Pero el vértigo de bajar con ese estruendo no te lo permitió. Así que te quedaste con las chicas, que para ese entonces seguían las canciones de la banda de memoria.
Las notabas ausentes. Más bien precisémoslo mejor: Ausentes de vos. Estaban pendientes del qué dirán, de su propia vestimenta, de quiénes habían venido y quiénes aún no, de cómo se mostraban o se sentaban, paraban, cantaban, qué caritas ponían. Pero vos no te dejaste hundir por una actitud tan juvenil como esas, porque con la conciencia de un treintaañero que te daba el sueño vos sabía que la manera de comportarse de las chicas tenía que ver con la inmadurez. Vos más bien gozabas de otro costado intersantísimo: La frescura de las jovencitas. Te regocijabas sientiendo a las mujeres descubrir el poder que tiene el atractivo femenino. Era un orgullo verlas dominarlo ya tan bien.
Quizás te sorprendió el primer beso que cayó de improvisto por parte de la amiga de la hermana de tu amigo cuando ya estabas casi listo para descender de esa inestable y vertiginosa plataforma. Más aún te sorprendió que le sonrieras, devolvieses el beso y te despidieses. Ambos se miraron de nuevo y supieron que podrían volver a verse cuando quisiesen. Me cago en los sueños, pensaste, no te dejan elegir el destino ni tus acciones! Así y todo te despertaste de buen humor y te sentiste vivo. Supiste de los flechazos son fundamentales y posibles toda la vida, son la mejor inyección de droga que existe. Siendo un jovencito de 17 años ya sabía lo que vendría y a qué podrías aferrarte durante toda tu existencia futura.
Ciudad de brujas y de asfalto
Era verano en Buenos Aires, enero del 2007. Fue una de esas noches en que uno tiene certeza de que el calor nunca se acabará. La ciudad parecía Cuba o algún otro sitio del Caribe. Nadie tenía ganas de irse a dormir. Las mesas del Bar de la calle Rodney estaban todas afuera, sobre la vereda, a excepción de una de ellas que estaba empotrada en el mobiliario del sitio. Allí nos sentamos a tomar unas cervezas con Garfiolo. Como la divisa europea en Argentina rendía, y yo además tenía un buen empleo, no había limitaciones. La cerveza no tenía precio, los bocadillos de la picada tampoco.
- Yo invito, pedí lo que quieras… y cuánto quieras, hoy el límite es la muerte – dije.
Ví la cara de Garfiolo que intentaba alegrarse. Noté de que le pesaba ser invitado una vez más, así como solía ser siempre desde hace anos – casi diría: desde hace más de una década – cada vez que iba a a Buenos Aires y nos veíamos.
Al rato observamos de que empezaban a meter algunas de las mesas y la gente iba ingresando al bar. También se montó un escenario improvisado con unos músicos veteranos de rock que comenzaban con una suerte de soundcheck entre whiskies y risotadas. El salón, entretanto, lleno de gente, era un horno humano. Pero con los primeros tonos del teclado Rhodes la temperatura cedió y nos sentimos acariciados por una brisa sonora. Aquel avejentado payaso rockero volvía a su sitio natural y todo a su alrededor se evaporaba. Percibí de que más de uno compartíamos la experiencia con él.
Dicen que la música calma a las fieras. También, creo – o supongo-, de que es un bálsamo para el monstruo interno que llevamos adentro. En algún momento, habiendo pasado del latente mal humor pegajoso y acalorado a la distención por bellas armonías flotantes, se me ocurrió mencionarle a Garfiolo de que deberíamos hacer un documental sobre aquel sitio que estabamos frecuentando. Todo era viejo y atemporal, había sobrevivido a los ’90: La gente del servicio, el público, los anejos intérpretes que se presentaban. Esto era una suerte de Buena Vista Social Club en versión portena, con mucho olor a rock ochentoso que se empezó a escuchar sobre el final de la dictadura y de músicos gestados en los ’70. Me pareció de que el lugar era un refugio, para Buenos Aires y para mí también.Pero qué pensaba Garfiolo? Alguna vez el había ansiado filmar, llevar sus ideas al plano audiovisual. Ahora, me dio a entender, le interesaba mi propuesta para intentar recaudar. Lamentablemente Garfiolo nunca había conseguido producir ninguna película, ni un corto, ni un documental, nada propio. Me comenzó a carcomer la duda de si nuevamente estabamos fantaseando en torno a una botella 3/4 de cerveza Quilmes (no había otra). Sentí la frustración prematura y le propuse a Garfiolo pedir una nueva birra. Ambos fuimos cómplices, sin acordarlo, de no seguir hablando del tema.
* * *
- A mi novia se la coge el hijo de puta de uno de esos músicos de La Porturia – dijo Garfiolo arrugando el rostro por completo.
Como nuestro amigo solía ser un ser muy fantaseoso, ninguno de nosotros lo tomó en serio. Volvió a arremeter:
- Pero les digo de que es verdad, es verdad… qué hago?
A principios de los ’90 había muy pocas personas que conocían a La Portuaria. La banda empezaba a sonar en algunos lugarcillos de la ciudad. Traían un sonido nuevo, demasiado root y esotérico para lo que estaba sonando en la urbe rioplatense. Garfiolo había conocido a Amalita en la Universidad del Cine, una institución privada que recién se había fundado con la idea de promover una carrera filmográfica en Argentina. Así los ninos bien de clase media-alta podían estudiar cine sin irse del país. Ella era su companerita de carrera. Jovencita y atrevida, llevaba una vida a dos puntas entre mi amigo y uno de los integrantes de La Portuaria. A Garfiolo no le producía ninguna gracia. Pero cómo detener el impulso de una chica mimada?
El invierno golpeaba en Julio del ’91 con ese frío polar que venía del sur. Hace más de una semana que Garfiolo nos tenía abandonados y no concurría a ninguna salida. Nos sentíamos incompletos y, cualquier plan, tenía por ello un dejo de provisoriedad. Por fin decidimos irlo a visitar aunque él no quisiese.
El médico se había ido hace 2 horas. El diagnóstico era mononucleosis. Nada de gripe: Su vaso sanguíneo había sido atacado. Su novia había desaparecido olímipicamente de escena desde hace dos semanas, con Basso, con “b” larga, Christian Basso, el músico de La Portuaria. Salvando las insignificantes diferencias que tiene el idioma castellano, en el cual algunas palabras se escriben con “v” y otras con “b”, nos solidarizamos con Garfiolo y le prometimos no ir nunca a un concierto de aquel grupo musical de impostores ni beber más cerveza en vaso.
* * *
El “tridente ofensivo” seguía portando los mismos apellidos en Buenos Aires aunque en vez de Rolando estaba Anne-Marie, su hermana sentada con nosotros. El calor del verano 2007 no cedía. El mediodía era un horno. Estabamos en una isla perdida por el Delta del Tigre, en un recreo de esos que son tan hippies y conchetos a la vez. Pedimos una birra bien helada sin vasos. Como tardaban en hacernos llegar la bebida, decidimos encender un petardito de la flor más bella.
Casi como si estuviesemos sincronizados con el servicio, la cervecita llegó con el asesinato del porrín. Nos sentimos inspirados y como suele ser bajo los efectos alegratorios del humito, las ideas que tuvimos nos parecieron las mejores del mundo. Yo comenté de que quería que fuesemos a algún sitio con onda esa noche y Anne-Marie propuso caernos por el bar de la Calle Rodney que recientemente había reabierto sus puertas.
- Te acordás de la canción, esa de La Portuaria…? – dije.
Garfiolo, que era de sangre guaraní y tez marcadamente colorada, empalideció. Me dí cuenta con delay de lo que le pasaba. Pero como Anne-Marie no conocía la historia de allá por los ’90, se enganchó a mi comentario y empezó a cantar la canción. Recuerdo que estabamos sentados en una mesa común con dos parejas más de jóvenes adultos con ninos que no hacían mas que lo que hacen todos los chicos: Romper las pelotas.
Anne-Marie se había quedado trabada y no conseguía recordar la letra. Nunca la había visto tan extrovertida. Tampoco sabía de que desentonaba tanto cuando cantaba. Empezó a improvisar, a inventarse la letra, a deformar la canción. Me olvidé de Garfiolo y me sumé al juego. Noté que uno de los jóvenes adultos vecinos de mesa nos miraba mal. “Y a este pelotudo qué le pasa”, recuerdo que pensé. El tipo tenía cara de loco y sus ojos de caballo ojeroso me recordaron al taradúpido del nuevo marido de mi vieja. Garfiolo rompió el silencio interno cantando a los gritos con nosotros, llevándolo todo un poco más allá del extremo, como era – y es - su costumbre.
Pasaron las horas y decidimos dar un paseo a pié. Fuimos hasta un kiosko interisleno a comprar alfajores. Ni bien partimos, Garfiolo hizo uso de la palabra:
- Che, se dieron cuenta, uno de los chabones que estaban en la mesa se parece a Diego Frenkel…
- El cantante de La Portuaria…? – pregunté.
- Sí, sí – contestó Anne-Marie.
- No lo sé – dije – no lo conozco de vista, pero seguro de que ustedes están flasheando porque se les subió el calor a la cabeza…
Cuando llegamos de vuelta al recreo con los alfajores, Garfiolo no dudó en dirigirse a nuestros antiguos vecinos de mesa que estaban en unas reposeras tomando mate.
- Che, disculpá, vos sos Diego Frenkel?
- Si…
- Ah – dijo Garfiolo – porque mi amigo es productor de conciertos en Berlín, pensé que quizas les interesaría ponerse en contacto… Querés un alfajor?
* * *
Garfiolo se curó de la mononucleosis y arrastró la sufrida relación con Amalita unos meses más. Llevó consigo por lo menos dos anos más el pesar y desde entonces todas sus relaciones parecen haber quedado sesgadas por este hecho .
Como parte de las costumbres que se han generado en mis reiteradas visitas anuales a Buenos Aires, mi amigo no vino la última noche a mi despedida. Ella ahora no se llamaba Amalita ni hacía cine ni salía con un músico. Pero Garfiolo igual no consiguío acercarse porque su novia actual lo tenía absorvido.
Whisky & Shopping Center
Estabas en el cuarto de Rolando con un vaso maciso de whisky y un hediondo puro, jugando a hacer dibujos de humo en el aire. Como no eras fumador, te daba gracia eso de meterse un pedazo de hierba quemada a la boca. Garfiolo había dejado su bebida sobre el piso y miraba por la ventana hacia las luces del nuevo shopping, el primer centro comercial al estilo sueno norteamericano en Argentina. Corría el ’91 y había asumido un Ministro de Economía rarísimo que se llamaba Cavallo. Junto con él aparecieron de golpe miles de artículos importados. Los primeros arribaron allá enfrente de la casa de Rolando en el centro comercial que tenían frente a las narices. Pero qué había habído antes ahí? Nadie se acordaba, amnesia. Ese fue justamente el signo de la época, el olvido, quitarle de manera iracunda la mirada al pasado.
Rolando entró a su habitación y se sentó junto su mesa de dibujo. Como disenador gráfico pasaba muchas horas entre hojas, cartulinas, lápices, marcadores y tantas tintas chinas. Nosotros le hacíamos compania, es decir, perdíamos el tiempo filosofando de la vida horas y horas mientras él hacía algo productivo para su vida. Cuando lo observo desde el futuro, lo entiendo todo, los resultados están a la vista: Rolando vive muy lejos con un trabajo que le da de comer a él y a su integra familia standar de cuatro personas. Yo no estoy tan lejos de él aca en Berlín pero me tomó mi buen tiempo dejar de perder el tiempo. Y Garfiolo quedó anclado en Buenos Aires sin poder elegir si desea perder el tiempo o no porque no sabe lo que es tiempo libre.
Cualquiera podría decir que lo deberíamos haber visto venir. Teníamos a uno de los templos del libremercado y las importaciones al otro lado de la calle, directamente frente a nuestras bruces. Recuerdo de que de vez en cuando hablabamos de temas sociales. Más bien eran Rolando y Garfiolo los que debatían y yo escuchaba. Luego, yo fui el único que se dedicó de lleno a hacer de las cuestiones sociales su estudio y profesión. Pero las charlas rápidamente desembocaban en el tema de boga: las chicas. Como nos iba tan mal con ellas, nos la pasabamos por lo menos hablando del sexo debil.
Hacíamos un recorrido teórico bar por bar sobre el perfil de chicas que lo frecuentaba para ver si teníamos algún tipo de chance, y, para desarrollar estrategias de conquista. Todo era muy nuevo para nosotros aquel primer ano de universidad. Ninguno de los tres visitaba la misma institución, los caminos comenzaban a abrirse pero nosotros nos sentíamos mas libres y unidos aún que en la época de colegio. Ser amigos ahora había sido una elección y no un acto por descarte. Y de la misma forma que no vernos todos los días en el colegio eran algo nuevo, la vida de bares con status de estudiante universitario era un continente por descubrir.
- A comer, a comer, chicos, AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAlfredo, Anne-Marie, chicos, a la mesaaaaaaa……. – gritó la madre de Rolando invitándonos a cenar a todos.Pasaron como 15 minutos y ninguno había ido a la mesa.
Los gritos de la mamá de mi amigo habíanse ido intensificando a medida que nadie acudía a su llamado. Tomé la iniciativa y fui hacia el comedor. La mesa aún carecía de cubiertos y vasos. Por el pasillo vi acercarse a Alfredito, el papá de mi amigo, con un vaso de whisky. Cuando me vió hizo un chiste refinado de salón en inglés británico que no entendí y se rió. Yo le seguí la corriente porque me sentía acomplejado de no poder comprender su humor aristocrático.La cena acabó con un erupto de Alfredito que a esa altura estaba flotando en un pedo líquido.
- Chicos – nos dijo – el whisky es bueno, y como todo lo bueno, hay que consumirlo con medida. Alfredito se estaba quedando dormido. Se notaba de que la madre de mi amigo estaba molesta. Anne-Marie, la hijita, no hablaba, nunca hablaba. Rolando, Garfiolo y yo habíamos disfrutado de una cena majestuosa con bunuelos de seso, atún y tomate que sentaba la base para salir de juerga una noche más.Rolando fue a lavarse los dientes.
Ví a garfiolo que enfiló para le bano y le dijo a Rolando en un tono relativamente alto como para que todos lo escuchásemos:
- Para qué te lavás los dientes si igual no te vas a levantar nada…La risotada de Garfiolo llegó de manera nítida por el pasillo hasta la mesa.
Alfredito se despertó con el sonido, se rió y volvió a cerrar los ojos. Creo que necesitaba ahuir un rato como cuando uno presiona el botón de pausa en una película.
- Bajo al quiosco un toque y vuelvo – les dije.
Cuando estuve abajo en el megaimpresionante maxikiosko que se habían montado en la vereda del shopping pensé por un instante qué era lo que iba a adquirir. Yo no fumaba. Me puse a ver todas las nuevas golosinas importadas que habían llegado al país y apenas conocía por las películas. De repente me percaté de que mi vecino de quiosco era Charly García.
- Cómo andás Charly, todo bien? – le dije de forma muy natural.
- Todo joooooooya, y vos? – me contestó.
Llegué justo para inaugurar la sobremesa con una bolsita llena de dulces y golosinas made in el primer mundo. Qué suerte que ahora podíamos comer cosas tan ricas. La noche para nosotoros tres aún estaba en panales y pintaba prometedora. Como muchas otras que veníamos compartiendo, como tantas que habíamos pasado en bares como El Ayuntamiento o cualquiera de los otros bares junto al jardín botánico, esta sería una noche maravillosa más. No teníamos mayor preocupación en esa época que conseguir a la mujer de nuestros suenos. Hubiese ayudado haber sabido qué era lo que deseabamos, por supuesto. Porque creo que ninguno de los tres lo tenía demasiado claro.
Puntos de partida
Debo reconocer de que los anos ’90 entraron con fuerza allá por el Río de la Plata. De alguna manera todos nos acoplamos al furor de la apertura económica porque traía consigo aires nuevos, oxigenación para claustrofóbicos esquemas ochentosos, todos de tinte encerracionista-nacionalista, fuesen de derecha, progresistas, socialdemócratas radicales, peronistas o lo que quiseran que fuesen. Rememoro aquella época que que comenzó a gestarse hacia 1989: En Alemania caía el muro, se hablaba de la Perestroika (a mi me sonaba a paisano de apellido marrano espanol emigrado a Rusia), empezaba a sonar fuerte el término “posmodernismo” y en aquel país ubicado en uno de los culos del mundo la legendiaria hiperinflación, luego de uno más de los fracasos gubernamentales de los imbéciles del Partido Radical y a consecuencia del bicot peronista en su asentada tradición perro del hortelano, le abrían las puertas al Patilludo hacia una sociedad estilo Susana Giménez.
Los ’90 fueron la consagración del neoliberalismo, de la ilusión del vale todo, del consumismo, del individualismo acentuado, del feminismo, el ecologismo ambientalista y del farandulerismo. Fue por esta época que empezó a caminar el nino Globalización. Por aquellas épocas, también, yo empecé a estudiar, a descubrir la politica de izquierda, el libertarismo, a disfrutar de la sexualidad y también a vivir mis contradicciones entre estética, status y crítica social.
Creo que yo no fuí el único que entró como un trompo a la nueva década. Yo diría que de alguna forma los cambios nos tocaron el nervio a todos. Fue por eso que un personaje tan ridículo y deplorable como Carlos Saul y su corte de lúmpenes nuevos ricos con cadenitas o anillos dorados coparon el poder. Los ’90 fueron una mierda, y, sin embargo, los entiendo, los pedimos todos, o, para no ser injusto, casi todos: Pobres, ricos, estudiantes y el periodismo (alguien tenia que abocarse a la crítica, no?), empresarios, oficinistas, cadetes, secretarias de aliento ácido que almorzaban tan solo yogures, contadores publicos nacionales, comerciantes con negocios inundados de articulos de importación y todos los consumidores adeptos a la novedad del jugo de verduras V8 o el chocolate mars. Los ’90 fueron la consagración de un nuevo paradigma que hasta hoy en día nos envuelve y conforma ya no solo un enunciado sino que es toda nuestra realidad con sus consecuencias palpables.
* * *
No te gustaba pero sin embargo ella era una llave de apertura hacia otro mundo sin necesidad de viajar. Terminaste en el catre con esa mujer y el sexo lo transformó todo, te hizo cambiar de opinion y hasta de sensación. Confundiste amor con placer y al vicio con el goce, y a éste, a su vez, con el sentido de la vida. Eras muy nuevito, muy joven, y el despertar estudiantil al lado de una mujer europea, mucho más liberada e interesante que tus atascadas compatriotas llenas de trabas, te permitió vislumbrar una nueva era: Crítica social, cuestionamiento a las normas familiares pequeno-burguesas, buenos polvos (ojo: en la cama porque los polvos blancos nuenca me atrayeron), estudios de política, sociedad y filosofía hegeliana de la Escuela de Frankfurt mediada por una vertiente de la Teología de la Liberación. Y todo esto sucedía en el marco de una época que traían consigo apariencia de bienestar, modernidad, apertura al mundo y horizontes amplios, cierto internacionalismo. Un peso equivalía a un dolar y alcanzaba para comprarse artículos importados que hasta hace muy poco eran desconocidos e impensables de poseer, que apenas se veían en películas. Así sí que daba gusto ser un trasgresor, gozar y dándose el lujo de criticar.
Vos igual seguiste estudiando. Cambiaste Administración de Empresas por Sociología haciendo los cursos nocturnos para el traspaso. Cada vez más seguido fuiste a pasar la noche a la Avenida Gaona en un mini-departamento de una casa vieja hasta que construiste un segundo hogar allí con ella, lejos del piso de tu padre y su flamante, intratable nueva esposa. Continuaste con tu trabajo en un estudio contable para tener tu pseudo-independencia económica pero nunca dejaste de aceptar el dinero que tus abuelos paternos o maternos te hacían llegar clandestinamente.
Las épocas eran muy distintas a las de ahora: Escuchabas el nuevo disco de U2 “Achtung Baby” y te parecía lo máximo. Sonaban tambien The Cult, Guns & Roses, The Cure habia sacado “Friday I’m in Love” y esos sonidos hard-rockers tan típicos de la época. Te sumergías con pasíon junto con tus dos amigos inseparables de la época en sesiones nocturnas a gozar de la música, mientras uno de ellos hacía sus tareas de arquitectura, el otro contaba de sus ideas creativas para filmar y vos mirabas desde la ventana la fachada del Shopping “Alto Palermo” que acaba de estrenarse. Tu amigo estudiante de arquitectura lo encontraba horrible, yo lo veía igual a cualquier otro Shopping Center y no sabía qué es lo que lo alarmaba tanto a Rolando. Además, de alguna manera, la novedad me parecia atractiva. Más aún si lo discutíamos con un whisky y un cigarro cada uno en la mano.
Las charlas terminaban, muchas veces, en un gaste a Rolando inspirado por Garfiolo y apoyado por mí. Aunque a veces la dinámica se transformaba y la víctima era Garfolio, el cual enrojecía totalmente cuando se reían de él. Obviamente a mi también me tocaba ligarla de vez en cuando. Y sin darnos cuenta, algo nos unía. Quizas por ello, las charlas mas profundas y sinceras, así como la mayor contención emocional de la época, la encontramos cada uno en los otros dos, luego del gaste, luego de la boludez, parapoder abrirnos sin temores.
Coincidieron en que la solución del momento era irse a recorrer el mundo. Rolando me acompano, consiguiendose una novia amiga de la mía que también era teutona. Gafiolo se quedó. Y en su lugar nos acompano Codornicio, solito como siempre, obviamente. Para mí esto era un adios al padre egoista y burgués-autoritario con su yegua envidiosa, adiós a la madre ausente y mal bicho, adiós a los abuelos malcriadores y absorventes, adiós a la gran disparidad entre la marcada relación de clases sociales argentinas, adiós al apestoso colectivo manejado por delirantes choferes alcoholizados y que depositaban su resentimietno social en el conducir, adiós al dulce de leche y el mate que nunca me gustaron, adiós a las chicas argentinas portenas incogibles e intratables, adiós a mi mejor amigo y aliado: mi hermanito.
* * *
Sin saberlo comenzabas tu vida, tu propia vida, con apenas una mochila, cargadísima de un bagaje personal y social pesado, así como también una dictomía que hoy en día has aceptado: Ser sibarita implica muchas cosas a la vez que pueden llevarte a contradicciones o placeres inmensos. Son tuyos y te aceptás. Tu existencia, empero, es irte re-observando constantemente. Con cada edad tu mochila te fue acompanando. Sospechás de que esto nunca se acabará.
El Soldado Paraguayo en Berlín
El Soldado Paraguayo anda dando vueltas por Berlín. Más bien se trata del fantasma de una de las víctimas de la Guerra de la Triple Alianza en la que Argentina, Uruguay y Brasil devastaron un pequeno pais que alguna vez supo ser próspero. Es un espectro inofensivo, errante por el planeta, ya que su lugar ha desaprecido. Su mayor castigo no fue morir cruelmente sino que sentirse desterrado. Así es como por las noches sale a dar vueltas, a desahogar sus penas en la oscuridad. De día duerme en los roperos y llora. Los ultimos testigos lo han visto por Kreuzberg.
Lo unico que calma su llanto es la naranja, fruta común en su lugar de origen. Por ello, en caso de oir un aullido proveniente de entre las ropas, se aconseja dejar unas naranjas en el suelo y apagar la luz. El Soldado es inofensivo, pero su llanto es acongojante, contagioso, agudo. Siempre es mejor poder evitarlo. Su palido rostro, algo barbudo, es testigo del dolor.
Además del cítrico aliciente hay algo más que lo calma. Su novia supo ser siempre una amble compania para él. Ella, proveniente de la Península Ibérica, fue su única felicidad. Por las noches, cuando tods dormimos, la busca. Y si sos mujer, quizás te despiertes y te este mirando, alegre. No te preocupes, no te hace nada, más bien vos lo podés hacer olvidar su sufrimiento, por un instante nomás, cuando le veas brillar los ojitos en la oscuridad, detrás de su rostro blanco, bien blanco.
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