Uno, dos, ultraviolento
dedicado a Los Violadores
Contar hasta diez, me han enseñado a hacerlo, debo ser paciente. Uno, dos, ultraviolento. Poco sueño, despertar abrupto en vacaciones, un vendaval de estrés recorre el departamento mientras despego lagañas, caras de ceño fruncido y contraído me reciben en un nuevo día. Contar hasta diez. Uno, dos, ultraviolento. Mi creencia en asuntos del budismo o del feng shui no son de origen teórico, ni cuestión de fe, ni por elección racional sino que son netamente empíricos: Una y otra vez hechos de la vida real me sacuden para demostrármelo. Pero veamos porqué me aventuro a sugerirlo.
Hoy empezamos las vacaciones compartidas con mi padre y su mujer acá al otro lado del océano, en la ciudad de la furia, como la apodó Soda Stereo, tan cursi llamar a Buenos Aires de esta manera, pero tan preciso hacerlo con estas palabras. Nuevamente no se distinguir si ellos son así, o si lo es el espíritu general de la cotidianidad local, pero estoy por enloquecer y aún no he podido tomar mi cafe, ni mear. “La pulga que los parió”, profiero para mi adentros. Putear es terapéutico, ayuda. Una pulga me ha picado durante toda la noche y no conseguí descansar bien. Ella dice que fueron los mosquitos, yo sostengo que fue una pulga. Contar hasta diez. Ultraviolento.
- ¿Llamaste a tu tía? – me dice mi padre con tono de severo profesor.
- Sí, tres veces ayer, a diferentes horas, pero no pude hablar nada…
- Decile que tenés que hablar con ella – me ordena ahora el señor progenitor.
- Me encantaría haberle podido transmitir algo, pero o estaba manejando y no podía hablar, o no tenía buena recepción su celular, o había demasiado ruido en la calle y no me escuchaba, fue imposible hilvanar una frase completa…
- Tendrás que hablar con ella.
Con consejeros así, uno no necesita mayor ayuda que una buena terapia.
Esta pesado, hace calor, nublado, denso, Buenos Aires, siempre. Si no fuera porque estoy con ella acá y observo de que sus síntomas frente a la realidad inmediata son los mismos, diría de que el problema soy solamente yo. Pero no, el chi – la energía vital – está en sobreacelere, los numerosos espejos de la casa lo vuelven loco, lo hacen rebotar y excitarse, resorte en sí mismo, no se si esto es consecuencia de la elección del decorado o si el caracter de mi padre y su mujer se ha vuelto así luego de meterle tanta circulación imparable al departamento. Las reformas del piso son bonitas, pero agotadoras. Teléfonos marcados por muchos números suenan a la vez, yo pienso en marcar el uno, dos, hasta el diez para ver si salgo del cóctel de shock y angustia.
- Román, te estábamos esperando – dice su mujer cuando recibe al técnico de internet.
Yo pienso de que Boca también aún está esperado a Román, a otro Román, todos esperan a su Román. Riquelme está hace meses lesionado, y cada vez que vuelve a jugar, se lesiona de nuevo. ¿Existe la no vuelta? Quizás solo cuando no te esperan, cuando uno se libera de las expectativas. La clave del internet inalámbrico alias wi-fi es del diez al cero en sentido inverso, me dice Román. ¿Será de que contar a al inversa es un método para destranquilizarse y ponerse a tono con la urbe para no morir aplastado por la masa humana?
Karma, karma, karma, cómo se ha utilizado esta palabra en el léxico popular de nuestras sociedades occidentales desde hace décadas. Ella me dice de que su mujer es como mi ex, igualita, un acelere constante, un ruido eterno, un celular o un teléfono que no para de atender, comunicación exponencial, te arrastra en su histeria, correr para no detenerse nunca. Alguna vez pensé de que habiendo terminado la relación con mi ex, no volvería a verme enfrentado a estas situaciones. Pero me equivoqué: Ya en Berlín tuve que ser alojado por mi ex y lo sufrí, pagándolo a precio de oro con casi con una separación de ella. Ahora en lo de mi padre se repite una vez más la confrontación con dicho caracter. Su mujer es buena, un persona puro corazón, mi ex también lo era.
Pero ahora pienso de que no puedo, no lo lograré. Contar hasta diez. El budismo habla del karma y de que la situaciones irresueltas vuelven para que las superemos. Es verdad, en Berlín la última vez cuando nos qudamos en lo de mi ex no conseguí lidiar con la situación. Toda desgracia es una oportunidad. Ultraviolento. Ultraviolento. ¿Quién dijo que el budismo es casi sinónimo de pacifismo? Yo lo percibo más bien matemático: Contar hasta diez. Y bastante cruel. Pero es convicente.
Suena el timbre, nos vamos, nos espera la costa argentina, me siento Mafalda, alegría invasora de ánimos al pensar en las amplias playas del el océano Atlántico sur y los castillos de arena. No vienen ni Felipe, ni Miguelito, ni Manolito, ni Susanita, pero voy con ella, de quien tengo mucho que aprender disfrutando.
El misterio del ex-guitarrista en el baño
Conservabas tu único y último reino, intocable, inalterable: El baño. Allá eras vos, sin intermediarios, sin concesiones. Podían pasar gobiernos y regímenes, períodos de vida, novias, esposas o aún, hasta podrías perderte una paella valenciana de tu padre, pero el baño era tu auténtico refugio en el que te ponías una escafandra y buceabas en tu profundo ser de manera no negociable.
Palmira no tuvo más remedio que aceptarlo – como de costumbre – e ir a dar una vuelta al perro de los amigos. Fue la primera en ver desde la orilla aproximarse esa gran ola. Aceptó la situación sin grandes sobresaltos, dejaría que viniese a por todos. El perro olfateaba entre las rocas en busca de restos orgánicos, era un ente pendiente tan solo de la comida. Palmira sintió paz, tranquilidad profunda. Observó al cuadrípedo y hasta casi llegó a envidiarlo por la ligereza con la que llevaba su existencia. El violento impacto de una masa de agua de 35 metros de altura fue la última instantánea que la retrató con la sonrisa más bella de toda su corta vida treintañera.
El baño de la casa junto al mar se convirtió en pecera. Por fin te sentiste como pez en su agua, casi como si fueses el protagonista encarnando un dicho popular. No te importó no poder respirar. Nadaste feliz entre todos tus sueños postergados, el MacBook Pro, revistas porno, los trozos de defecación que flotaban libremente, un guitarrón electroacústico transformado en delfín y tu iphone que no dejó de funcionar bajo el agua, te sirvió para afeitarte con una aplicación que lo simula.
- Maximiliano, despiértate – dijo la voz de ella.
- ¡Uy, que pasó! Qué suerte, ¿fue todo un sueño…?
En la lancha de rescate de la Cruz Roja del Delta del Ebro ella lo besó. El remero rescatista que los llevaba hacia tierra firme sonrió ampliamente. Entre sus dientes relucían granos de arroz bomba. El timbre del móvil los interrumpió.
- Buenos días, le llamamos de la Caixa del Vila-real para informale de que ha sido aprobado el crédito para la compra del inmueble. Y, además, por ser nuestro cliente número 666, se ha ganado dos entradas para ir a ver a su equipo, el Vila-real, este sábado en su estadio.
Los momentos felices son pocos, no importa que hubo antes ni que viene después.
Alergia
Hace tiempo de que ella sufre de alergia. Antes le daba solo de mañana y solo de vez en cuando. Luego fueron prácticamente todos los despertares. Desde hace poco aquel estornudo ininterrumpido que la invade se ha extendido a toda hora del día, sea de mañana, mediodía, la tarde o la noche. En especial le da un ataque cuando intenta ordenar su ropa. Así se le genera un tipo de imposibilidad que para una mujer es letal: No poder gozar libremente de probarse millones de prendas es para ella - y todas ellas – casi el fin de la existencia. Yo la observo, le aconsejo tomarse un antistamínico, beber agua, un té sino, pero nada sirve. Ahora ella duerme. Por suerte ha dejado de estornudar. La perra ronca a su lado. Juntas se dan amor y comprensión.
¿Qué hace un hombre con esta situación? Uno podría dedicarse a hacer todo lo que nunca consigue hacer por estar pendiente de su pareja: Jugar al fútbol en la PSP, hacerse una buena paja con una rubia tetona de internet, escribir en un blog, llamar a sus amigos o al hermano, seleccionar música, buscar películas para descargar gratis, crackear nuevos programas que no servirán para mucho, leer. Nada de eso me apetece hoy. Noto de que mi cabecita y mi léxico van tomando forma ibérica: Uso a veces sus términos sin darme cuenta y, además, mi mente se ha sumergido en la chatura local. La TV reina, el Real Madrid y el Barça han jugado hoy contra equipos de tercera división y yo seguí ambos partidos con la emoción de una final mundial. Ya ni me quejo ni me siento mal. El sol por la mañana, todos los días, es para mí por sí solo, motivo suficiente para convencerme de que vale la pena vivir acá. Se le suman el tallat (cortado) en una terracita, leyendo El País, y, de vez en cuando, una haciendo una excursión a la playa o a los barrios centrales de Barcelona. Quisiera de que todo esto me diese alergia. Tal vez así tendría algo para quejarme.
Mañana salimos para Copenhagen en Dinamarca. Vamos a una feria de Música del Mundo a la que fui invitado por haber formado parte del jurado que escogió las bandas. Cinco días a puro ajetreo. Siempre quise conocer esa ciudad. Por fin lo haré, de la mano de ella, además. ¿Qué más se puede pedir? De allí vamos luego para Berlín y nos quedaremos casi diez días. Me preocupa que tengamos sobrepeso de equipaje. Observo los bolsos de mano a mi lado. Tengo una maleta que debería usarla y devolvérsela a su dueño en Berlín. Me enrriedo en este tipo de pensamientos estúpidos y superfluos constantemente. Me pasa muy seguido desde que estoy acá.
Las cuatro ofertas de trabajo autónomo que presenté se hacen esperar. Igual no hay apuro. En Barcelona no pago alquiler y casi no tengo gastos fijos. Así y todo mi cuenta está en negativo. Proyecto un viaje a Argentina con ella, me encantaría hacerlo, hace tres años que no voy para allá. Hacerlo con ella sería genial, sin ella, un peso. ¿Porqué me cuesta tanto ir? ¿Y porqué, cuando estoy allá, me cuesta tanto volver a Europa? Mientras espero en mi pueblito catalán, sin saber muy bien qué es lo que espero, estudio y me califico en mi área de trabajo, hago pequeñas “changas” y arreglo cosillas que me han quedado pendientes de Berlín, preparo los papeles para el casamiento con ella, hago cita con el contador en Berlín y los días se pasan sin darse cuenta. Los almuerzos y las cenas son sagradas y deliciosas, la suegra cocina de maravillas. Acá yo también tengo tiempo para de vez en cuando despacharme con algún plato. Y encima me alagan por su sabor. ¿Será esta la cúspide de la existencia de un ser menor como yo?
Esperar no es fácil, más aún para un ansioso. Meto la cabeza entre la ropa y aguardo a que me de alergia. Pero no pasa nada. Nunca pasa nada.
Por un rato de introversión
De alguna manera las angustias que llevamos con nosotros, estoy sospechando, nunca desaparecerán. Más bien, quizás, cedan a veces. O tal vez se nos escondan. Otras veces es posible de que retroceden, y que luego retornen con mas fuerza. Pero es inevitable: Siempre te están esperando a la vuelta de la esquina, en cualquier ciudad. De camino por las callejuelas del Raval de Barcelona, yendo hacia la librería, hoy, ví su sombra agazapada varias veces, espiándome de cerca, dejándose ver para que yo supiese de que ahí está. Ella me observaba. Y aclaro de que ella no es ella, mi novia, ya que hoy yo había salido a patear solo por el barrio.
Sentí el calor del final del verano que en poco se diferencia del de la temperatura máxima de dicha estación. Este tipo de calor es añejo: Tiene un gustito particular. A las 6 de la tarde, además, la piel queda rociada por un suave sudor. Miré mis chanclas marca hawaianas, de origen brasileño, calzando ambos pies, libres. Pantalón corto, camiseta y un morral liviano. Anteojos de sol. Estaba vestido de ser idílico. Y sin embargo me sentía un energúmeno que ni conseguía estar del todo deprimido. ¿Pero porqué diablos no consigo disfrutar de todo esto? – pensé en voz baja. Obviamente no tenía respuestas, ni entendía qué me estaba pasando. ¿Será verdad de que a los argentinos nos gusta sufrir? Sinceramente déjenme decirles de que no le veían ningún encanto a estar sintiéndome así.
* * *
Te quedaste sin casa, sin tus cuatro paredes con un techo encima. Te falta privacidad, propia y de pareja. Hace semanas de que vivís mudándote de un departamento a otro. Primero fueron los suegros en las afueras de Barcelona, luego el piso prestado en el macarra barrio del Raval, luego los Pirineos aragoneses, luego Bibao en plenas y salvajes fiestas de la ciudad, luego tu amigo vasco en la costa con quién te costó comunicarte, luego San Sebastián alias Donostia que fue carísima y bella, luego tus suegros de nuevo – pero esta vez ellos de vacaciones -, otra vez el departamentito del Raval y se acerca el primer corte: Tu regreso, breve, a Berlín. De pronto te das cuenta de que no tendrás en dónde dormir. Y el insomnio te atrapa cayendo en la cuenta de ello: Ya no pegás un ojo a consecuencia de lo que vendrá. Sabés de que el sueño para vos es algo fundamental que condiciona tu existencia mucho más que lo hace para con otros.
* * *
La primer tiendita de libros de diseño se esgrime como un oasis. La segunda refuerza la experiencia. Te sentís sedado como por anestesia pero sabés de que la operación esta en curso. Llegás a la librería y te encontrás con una extasiática selección de obras a disposición. En otra época hubieses tenido algo así como el orgasmo múltiple femenino. Hoy por hoy, los precios te resultan prohibitivos, más que nada porque tu motivación no tiene rumbo, no porque no tuvieses el dinero para pagar. Antes tenías más claro quién eras y qué cosas te movían. Ahora, recién te embarcaste en otro sitio y se plantea la posibilidad de que hayas emigrado una vez más, 15 o 16 años más tarde del primer cambio de ciudad. ¿Quién sos ahora, quién querés ser, quién podrás ser, en quién te convertirás? Demasiada duda. Hoy por hoy, sentís de que casi no sos. El cuentakilometros vuelve a cero. Y n siquiera eso porque aún no sabés si te irás o no de Berlín.
Te superan las estanterías, es imposible procesar tanto. Empezás a leer algunos libros. Novelas, cuentos. Temáticas actuales, jóvenes, innovadoras, de vanguardia consagrada recientemente. Querrías gozarlo todo mucho más y poder sumergirte en las obras extremas de los diversos escritores. Pero la angustia es excluyente, y cuando uno esta sumergido en sus dilemas, a veces no hay apertura para nadie más.
* * *
Suspirás largando todo el aire. Entendiste de que por fin la angustia se ha apersonado. Y es a partir de ahí que perdés el miedo porque le ves la cara en vez del fantasma.
Road movie first stop
Ana Noir apareció en mi vida casi como si fuese irrelevante de que el nombre propio Ana en los últimos tiempos hubiese estado superpoblando mi vocabulario y existencia a la vez. Ella me la encomendó para hacer el viaje, me dijo, llévate a mi hermana, por favor, y ayúdala en lo que pudiese ser. Así es como un día soleado y de sol rajante en Catalunya, nos dispusimos a partir en un auto de alquiler hacia el País Vasco.
Mi misión era secundar a la hermana de mi pareja, de ella, fuese como fuese, ya que el amor verdadero debe expresarse a través de cualquier tipo de circunstancia, me decía mi mujer. Para tranquilizar los ánimos levemente convulsos, hojée el diccionario de bolsillo budista y rápidamente hallé una respuesta: Las situaciones se nos plantean como una oportunidad de aprendizaje, aún si no sabemos cual será, es importante afrontarlas como tal, ya que solamente una vez resueltas, no se nos presentarán de nuevo. Una vez más logré respirar hondo, abrir la puerta del coche y acomodar mi culo en el asiento de acompañante. Destino Bilbao. Ana Noir apretó el acelerador y a lo lejos la ví a ella ir achicándose mientras me saludaba con una mano extendida.
El primer stop fue en el Pirineo Aragonés. En pos de darle un giro positivo al viaje, yo fantaseaba con sentirme inmerso en un road movie de esos en los que no necesita suceder demasiado pero en los cuales el paisaje por sí solo hace a la trama. Soñaba con reencontrarme con el desierto cercano a Zaragoza pero en dimensiones aún mayores. Fue al llegar al primer lugar que me dí cuenta de que la película nunca empezaría. Aragón hacia estas latitudes carecía de aridez y soledad ya que cada 30 a 50 metros en la carretera una nave tipo depósito manchaba el paisaje de forma continua. Las montañas, luego, a modo de continuación lógica, eran una serie de poblados que manchaban con su estilo de edificios bajos de construcción moderna barata un paisaje que tampoco hubiese merecido ser presentado como protagonista. En Biescas, el pueblito tursítico de la amiga de ella, nos recibió el cansancio por aburrimiento.
Brujilda (así se llamaba realmente nuestra anfitriona), nos hizo espacio en el cuarto de un amigo. Ella y él habían decidido pasar la noche a la intemperie junto a un río solitario. Nuestra visita era la excusa perfecta para darle rienda suelta a la imaginación de dos seres embebidos por la percepción pueblerina y el deseo de originalidad. El piso compartido del amigo era aquello que solemos describir como espantoso: Desordenado, sucio, descuidado a más no poder, mal distribuido y con falta de amor por la vida. Algo contrastaba. Estaba poblado por gente simpatiquísima aunque al extremo cateta, como me explico Ana Noir que se suelen denominarlos en España. Me llamaron la atención aquellos personajes: Ninguno sabía muy bien qué hacían en ese pueblo, llevaban encima un resaca que se extendía día a día, tenían mal aliento – pésimo -, ojeras y un buen humor envidiable.
Nos recibieron sin preguntarnos nada, sin ofrecernos ni un vaso de agua, pero sin hacernos sentir extraños sino que como uno más de ellos. Todos trabajaban en la gastronomía, de camareras las chicas, de limpiacopas o cocineros los hombres. La mitad eran argentinos, los otros sudamericanos o de cualquier parte de España. Estaban aprovechando la temporada alta, porque duraba poco. Luego no sabían cómo seguirían sus vidas. Supuse de que era un momento interino en la vida de cada uno, pero todos coincidieron en señalar que llevaban ese estilo de vida hace ya mucho tiempo, años, una década o más. Sentí depresión y envidia por ellos, porque habían aprendido a vivir el día a día con lo que llevaban puesto nomás. ¿Eso era la libertad o una nueva forma de esclavitud?
La noche nos sorprendió cenando en el restorancito de turno que llevaba el amigo de Brujilda. Primero fueron las religiosas cañitas con una tapa de obsequio. Mucho más tarde nos sirvieron de cenar, lo cual fue el momento cúlmine del día, ya que la cerveza local y las tapas habían ensanchado mi depresión inicial. El bife de casi medio kilo, bien cocido, ayudó a reconstruirme por completo. Conforme se acercaba el cierre del sitio, se fue juntando la comunidad de personal gastronómico joven del pueblo en la terracita. Todos se parecían, y a la vez cada uno era diferente. Las parejas que se habían conformado eran recientes, temporales, casi tan intensas en su vínculo y a la vez pasajeras como los trabajos de cada uno y cada una. El verano aún hacía de la época un momento completo: De pleno empleo a jornadas de 14 horas y de pleno amor en las pocas horas que la noche duraba para ellos y ellas.
Luego de recalar en un bar de aires sudacas que se asemejaba a los burdeles que conosco – pero no lo era-, le comenté a Ana Noir que deseaba comenzar la retirada hacia los aposentos. Te acompaño, me dijo. Al llegar al apartamento, ambos, aún sin conocernos, frente a la cama matrimonial del amigo de Brujilda, nos observamos y supimos perfectamente lo que sucedería: Ninguno de los dos dormiría bajo las sábanas mugrientas. Encendí el ventilador que me había llevado de casa y ambos nos arrojamos sobre nuestras limpias toallas. Esa fue la primera vez en mi vida que dormí sin taparme. Y también, que lo hice junto a la hermana de ella. Nuestro próximo destino, Bilbao, aún vislumbrábase bastante distante.
Tiempos majareta
El Loco llegó por la mañana con su auto echando ruidos de todo tipo y estilo. Parecia que un conjunto de tuercas y piezas se le hubiesen soltado al unísono. Al auto. A él también. Gran personaje, gran, pensé. Mis prejuicios sobre los andaluces caóticos y análogos exiliados en Barcelona se confirmaban. Al mismo tiempo, algo me resultaba sumamente simpático en su forma de ser. Todo podía salir muy bien o muy mal. Pensando en ello salimos las dos parejitas en el auto fantástico hacia una playa que se anunciaba como un paraje idílico. Hacía calor en la ciudad, mucho calor, el asfalto hervía.
El bólido que nos acercaría a Platja Quicky tenía 14 años y era lo máximo, no requería mantenimiento y hasta aún le funcionaba el aire acondicionado. El Loco encendió la radio anunciándonos esto. La radio era él, una AM de programación continua iba a bordo y a cargo del volante. Antes de que sigamos: ¿Conoce alguno de ustedes a un andaluz emigrado? Son mas charletas que en su propia tierra, es el destino del la diáspora en la cual se exacerban las cualidades de un pueblo.
Recuerdo de que habíamos dormido muy poco. Ella, mi compañera y culpable absoluta de que estuviésemos embarcados en un auto pequeño de tres puertas sentados atrás y sin posibilidad de escapatoria, no había conseguido pegar un ojo hasta tardías horas de la madrugada, obviamente, sin dejarme dormir a mí tampoco. Los relatos del Loco, que además carecían de cualquier tipo de coherencia sintáctico-semántica-pragmática ya que saltaban de un asunto al otro sin aviso previo, sonaban en mi cabecita abrazada por el calor y las pocas horas de descanso como una voz en off con eco. La situación era seria. Hasta que por fin, por suerte o por azar, llegamos a una gasolinera en medio de la nada a cargar combustible.
El auto, luego de meterle su alimento, no quiso arrancar. La bateria nos había dejado a pie. Al mediodía el sol era rajante. Y el Loco, entró en situación de desesperación. Llamó a la grúa. Abrimos las cervezas destinadas a Platja Quicky y despegamos sin movernos de sitio. Hasta que llegó la grúa, algo se desató, nos sentimos libres por primera vez. Ruloncia, la novia del Loco, amiga de ella, por fin sonrió. Aproveché la situación y desconcertación parcial del Loco para tomarle un poco el pelo, ahondando en las innumerables bondades de poseer un gran auto como el de él. Se rompió el hielo. Y de la heladerita extraímos nuevas latas de elexir birrioso.
El encargado de la grúa se llevó el auto andando, luego de recargarlo con electricidad en menos de cuatro segundos. Nosotros tuvimos que tomar un taxi en dirección Castell de Fideuá , un sitio playero de veraneo cercano a Barcelona y lleno de compatriotas argentos, muchos yoruguas y brazucas. Del taxi saltamos al mar porque hacía un calor infernal. Además las cervezas pujaban por salir. Nada mejor que estrellarse embebido contra el Mar Mediterraneo a las dos de la tarde en pleno verano.
¿Cómo explicarle a ella de que, aún si el top-less es lo más común del mundo hoy en día, un hombre no puede dejar de verle las tetas a todas las minas de la playa que se le crucen por la mirada, sean lindas, feas, grandes, chicas, caídas, bronceadas o de película porno? Los anteojos de sol, unos buenos Ray Ban que nos cubran la mirada de lado a lado, son una solución parcial, porque es más fácil disimular. Inevitable es dejar pasar de largo a las vecinas que van y vienen.
La suerte también era un bien que se equilibraba y neutralizaba el efecto top-less: En el taxi el Loco había logrado reactivar si hiperkinetismo verbal, llevándolo a limites aún más elevados. Él era admirador del África, pero enemigo de las supersticiones, de las religiones pero no del misticismo y amante de la gente simple y que no se encontraba más en Europa, dominada por la técnica, área que el menospreciaba en extremo. Es por eso de que el no usaba al ordenador más que como máquina de escribir, ni era afín al internet ni al email, ni comunidades sociales ni al sms ni a la música digital. Obviamente lo suyo era el arte en todas sus facetas porque hacía de todo. Y nada. Porque no conseguía darle forma a ninguna actividad. El escritor, guionista, fotógrafo, cineasta, actor, poeta, surfista, viajero explorador aventurero, y buzo de río con desembocadura en delta, estaba empero dispuesto a cambiar. Eramos hoy testigos de todas sus últimas reflexiones antes del accionar inminente. Estábamos presenciando un momento histórico.
No sé si fueron las cantidades de cerveza, o el porro asesino, o si fue el efecto anestésico de las tetas de todas esas mujeres juntas en la playa, o si fueron los rezos de ella y míos, o si fue la influencia de su novia Ruloncia que se quedó planchada sobre la arena a su lado, pero el Loco por fin se durmió. Y nos brindó los primeros momentos de paz del día. En puntas de pié para asegurarse de no despertarlo, nos escapamos hacia otra playa, tomando un tren antes, no sea cosa, de que se le ocurriese buscarnos. Nunca llegamos a la Platja Quicky, pero nunca me alegré tanto de que algo hubiese salido mal.
La banda
La banda por fín salió al escenario. Se habían hecho esperar quizás un instante más de lo tolerable. Todo parecía milimetricamente pensado. Ellos habían sido más que famosos, profesionales y cualitativamente de lo mejor del mundo. Aún lo eran. Habían vuelto. El estallido del público posterior a la tensión por impaciencia contenida provocó un sonido de grito uniforme, casi homogéneo.
Los vientos aparecieron primero, luego fueron los integrantes mas superfluos los que le siguieron. Apareció por fin el bajista haciendo morisquetas de payasín desenfrenadas y luego se presentó el cantor con un gesto que no se decidía si debía ser de rockero o de intérprete de corte romanticón. Fui feliz hasta ese instante. Ya con los primeros tonos noté de que algo no andaba bien. ¿Qué era? ¿La calidad del sonido? ¿La mezcla? ¿Los ánimos de los músicos? ¿O era yo víctima de mi propia percepción?
La miré a ella en busca de comprensión pero recién luego del show conseguimos hablar al respecto. Era evidente de que algo había cambiado y de que estaba asistiendo sin saberlo a un punto de inflexión en mi vida. El segundo viaje a Londres con ella definitivamente lo era.
* * *
Algún día se me ocurrió pensar de que toda época tiene un principio y un fin. Las etapas se queman. Pasó el tiempo y esta convicción se fue diluyendo, perdió peso. Volví hacia atrás sin hacerlo. Allí me dí cuenta de que no conseguía dejar de proyectar. Todo lo que me rodeaba era aquello que me iba pasando a mí. Mis conclusiones eran para el afuera y los demás, en ellas evaluaba lo que yo iba procesando. Me gustás porque ahora estoy en esto, como vos. Estás viejos para eso, hay que aceptar de que se le pasó su cuarto de hora. Toma demasiado, fuma de más. No es creativo, no tiene onda. Es demasiado negativo en sus reflexiones. Esta chica peca de optimismo. Todo lo que estaba por fuera de mí, sobraba.
* * *
La excusa perfecta para hacer el viaje, determinar el destino y la fecha, había sido el concierto. Hace tiempo de que no conseguíamos despegarnos de Berlín. Cada intento por salir de la ciudad, fallaba. No nos daban los números. No nos daban los tiempos por entregas. La corrección. Una entrega de proyecto. Un cliente. Un evento. Una pelea desmotivante. Por algún motivo, el presente nos frenaba constantemente.
Cuando el avión despegó, sentí alivio, paz y tranquilidad. Aquellos días en Londres fueron una extensión del estado de levitación que nos fue invadiendo, sin pecar por ello de estupiditis vacacional: El ojo crítico no se cerraba tan solo porque uno podía desconectarse. Más bien, ella y yo pudimos gozar, relajarnos y criticar mucho más libremente que en nuestro encierro berlinés. La distancia ejercía su efecto liberador.
* * *
Lo ví a Finlondio mucho más que pasado de copas un día despues de lo acordado. Nos invitó al club que dirije para su cumpleaños pero faltó a la cita. Antes el no era así, cuidaba más estos detalles. La noche siguiente, cuando volvíamos al hotel, de casualidad nos bajamos en Notting Hill Gate, y lo ví en la puerta del sitio. Charlamos brevemente. El grado etílico de su sangre casi no le permitió reconocerme. ¿O habrá sido mi barba que lo confundió? Sus ojos eran un carrusel. El final de su relación parecía haberlo dejado desequilibrado. El, mientras tanto, disfrutaba del vaivén. En la angustia del blanco de su mirada divisé también placer.
* * *
Ya no consigo tomar como antes y divertirme. Me aburro de mí y de los demás cuando beben. Las borracheras me producen cierto rechazo. Un amigo me dijo de que eso siempre depende de con quién se comparten las borracheras. Comparto su opinión, pero de todas maneras hay un parámetro común en todo acto social de alcoholización. Y ese quizás sea yo: Me aburre la libertad que percibo como fingida. Más aun si noto de que nada ha cambiado ni cambiará. Creo de que me aburre el perpetuum mobile.
* * *
Ella ya dejó de ser un incógnita en mi vida. Ahora es bien real. Como el viaje, como Londres, sus sitios, sus esquinas, todo aquello que antes me interesaba pero no llegaba a comprender y casi me superaba. Disimulaba poniendome en pose cool con frases ambiguas. Ahora lo he compartido con ella, disfrutado, entendido – y un poco sí, es verdad, he perdido la fascinación. Así y todo noto de que el vertigo que antes me proveía placeres, ya no lo hace, porque cambié, porque somos otros, porque la búsqueda pasa por otro lado, aún muchas veces sin definirse, sin saber hacia donde arrancar, pero la pregunta está ahí. Se abre una nueva era.
La banda desde el escenario se despide. Con cariño alzo mis brazos, ella tambien. Adiós, hasta siempre, pienso. Y siento que la presión cede porque lo peor ya ha pasado.
Cámara de gas
dedicado a mi más fiel copia que tomó su propio camino a pesar de que ha quedado en manos de Marlboro y Cía.
Cuando retiré al perro de los de mi hermano, pasándolo a buscar por la puerta de entrada al edificio, noté de que le costaba respirar. Si bien este ejemplar cuadrúpedo siempre se distinguió desde que lo conozco por llevar un paso decididamente licencioso, su andar ahora era más lento que de costumbre. Quise motivar al ser que habitaba dentro de aquel animal impartiéndole una palmadita sobre su lomo. Lo único que conseguí fue provocar una intensa polvareda de cenizas que formaron una nube luego del impacto provocado por mi mano sobre el peludo cuerpo. El perro me miró girando la cabeza y luego volvió a apuntar su hocico hacia abajo, jadeando levemente.
Me asusté y retorné sobre mis pasos hasta la puerta de lo de mi hermano. Toque el timbre y su voz sonó aspera por el intercomunicador. El tono de sus breves palabras habíanse asemejado al de aquellas voces que salen filtradas por gas heólico. Entendí de alguna forma de que me abría la puerta y subimos. Mi perro en un principio se resistió. Pero al ver a un vecino que se cruzó con un cigarillo encendido, mi mascota comenzó a caminar por sí sola, impulsada por cierto automatismo que yo desconocía de ella.
Al llegar arriba, la puerta del departamento estaba abierta de par en par. El olor a humo frío y seco que salía del habitáculo casi me voltéa. Sentí angustia. Sentí ansiedad, sentí muchas cosas a la vez. Por fin me decidí a ingresar. La luz del pasillo no funcionaba. Tropecé con un aparato de fax que recién divisé en la penumbra cuando sentí partirse el plastico bajo mis zapatos y comenzó a sonar el rollo de papel que estaba aparentemente atascado. Saludé alzando la voz. Pero nadie vino a mi encuentro. Tampoco nadie contestó a mi saludo.
Empujé la puerta del dormitorio a mi izquierda pensando en que quizás mi hermano había estado recostado haciendo una siesta. Él suele dormir mucho y en horarios extravagantes. Todos mis amigos, que son ahora también sus amigos, me han dicho de que siempre que lo llaman él aduce haber estado durmiendo. Me sentí culpable por haberlo despertado. Un caja con cables, conexiones y tarjetas de PC me cerraron el paso. La ropa arrojada sobre el piso complementaba el bloqueo. Eso sin mencionar que en una segunda línea de defensa se agrupaban libros varios en diversos idiomas, manuales, apuntes, cajas vacias de galletas, un sostén de micrófono, una guitarra sin cuerdas, una trinchera de polvo, un sillón que algún día fue blanco y un monopatín. Algo me decía de que luego de esa línea de contención se sucedían aún mas vallas de protección astutamente calculadas por un gran estratega militar. Antes de que mi vida siguiese corriendo peligro, decidí cambiar de rumbo y avanzar hacia el interior de la vivienda.
Mi perro emitió una suerte de aullido contenido. Quizás quería advertirme de algo. Tal vez solo fuese que sus bronquios estaban suficientemente taponados como para dejar que el sonido saliese de forma más natural y marcada. Fui caminando con cautela hacia la sala, deteniéndome frente al baño. Abrí la puerta pero no había nadie. No quise observar en mayor detenimiento tal habitación porque las primeras impresiones dispararon mi instinto nato de depresión y seguí avanzando unos pasos hasta el mayor de los cuartos: la sala de estar. Nosotros en Argentina lo llamamos el living. Y efectivamente, casi como adaptándose aún más a la palabra de origen inglés, dicho espacio daba absoluta fé de ser un sitio invadido e inundado de vida plenamente transcurrida y perfectamente acumulada: Innumerales contornos superpoblaban el espacio como si se tratase de una cordillera andina.
El cuarto se mantenía a oscuras. Necesité aspirar profundamente tres veces para no caer desmallado. Fue ahí de que intuí de que a mi hermano podría haberle sucedido lo peor. Por un instante me desesperé pero recobre valor. Si el estaba atrapado allí, yo debía salvarlo, no cabía duda. Tomé corraje y me aferré a la correa del perro. Su agudo olfato de seguro que me ayudaría a encontrar a la posible víctima. “¡Búsca, Lamehuesos, búsca!”, le supliqué al can. Mi perro, Lamehuesos, apenas se movió de su sitio. Amagó a desplazarse pero cayó rendido sobre su propio peso. Luego emitió una especie de suspiro atorado y se giró sobre su cuerpo pidiéndome de que le acariciase la panza.
Sin ayuda, yo iría solo al rescate, debía enfrentar la realidad de los hechos. Al dar el primer paso, una voz ronca me frenó en seco. “Qué pasa”, dijo. Me asusté. Por fin, quizás gracias a que mis pupilas ya se habían acostumbrado a la oscuridad, pude divisar un punto luminoso rojizo quemándose que se movía levemente. “Hermano, eres tú”, pregunté yo en una versión del castellano neutro que se utiliza para el doblaje de series norteamericanas en Latinoamérica. Era evidente de que el temor arrancaba de mi las reacciones más inesperadas. “Sí, boludo, quién va a ser sinó… estoy fumandome un pucho y descansando un poco”.
Caí desmayado por la tensión contenida. Cuando retorné del desvanecimiento, mi perro comía trozos de chuletas de cerdo a la leche de coco con lichi y almendras en un plato hondo. Mi hermano fumaba recostado en el sofá y pelaba unos maníes a la vez. Tenía la mirada fija en la pantalla de su computadora portatil. “Vendí un jugador, estoy segundo en la liga online de Beersheva”. Creí verlo sonreir cuando con un cigarrillo encendió el siguiente.
Quise levantarme pero no pude. Así pasé un largo rato, hasta que la oscuridad empezó a transmitirme una sensación de relajación muscular. El aire maloliente ahora me parecía familiar y transmitía seguridad. Mi perro eructó al terminar de comer y se echo sobre el piso. Estirando el brazo tomé el encendedor entre mis dedos y al primer chispaso la explosión fue tan seca que provocó de que el sonido nos dejase sordos antes de morir. El forense efectivamente constató el tipo de fallecimiento como muerte instantánea por hernia aguda de tímpanos. Por lo menos no fue el cigarrillo el que se llevó a mi hermano. Y por suerte nos fuimos juntos para que luego ninguno de los dos tuviese que soportar a nuestro padre de viejo con todas su manías aún más agudizadas. Del perro nunca aparecieron restos.
Así somos en esta familia, habíamos perecido en una cámara de gas como muchos de nuestros antepasados judíos en Alemania, atrapados por no saber o no poder salir a tiempo.
Demasiadas series
Cuando ví salir de la casa de Ludmila del Río a Fantastina, supe de que estaban tramando algo gordo. Quizás todo fuese mi imaginación. O tal vez no. La cuenta regresiva estaba activada, yo estaba seguro de ello. No toda bomba es de tiempo, pero sí puede activarse sin que lo imaginemos en cualquier momento. Vivir a las sombra no garantiza invisibilidad sino que más bien nos protege de la misma forma en que un niño se tapa los ojos para no ser visto. Quise decirles algo, pero no supe ni cómo ni cuándo.
* * *
Por fin sonó el telefono. “Estoy lista”, dijo la voz. “Avancemos entonces”, contestaron.
Cada fin de semana era una mera repetición del pasado. Era evidente de que debían cambiar de ambiente. Más bien, quizás, de ciudad, de gente, ver otros rostros, confrontar otras mentalidades. El taxi al aeropuerto iba a estar esperando en menos de cinco minutos en la puerta. Acarició su rostro, apenas, con la punta de sus dedos. No hubo despedida.
* * *
- Mira aquellos bagels
- Mhhhh, se ven de maravilla
Compraron media docena y se sentaron al sol a saborearlos. Pocas veces salían juntas a la intemperie. La trama podría ser descubierta.
* * *
Qué desperdicio. La libertad debería ser uno de los bienes más preciados. Solo un buen motivo podía justificar prescindir de ella. En eso estaba pensando yo, cuando, por la ventana ingresó casi desapercibido una disparo de francotirador. El silenciador del arma me permitió desplomarme en paz y silencio. Me quedé quieto porque no entendía qué sucedía. También porque mi inteligencia cultivada en series de agentes secretos me indicó de que lo correcto era hacerse pasar por muerto. De tal forma, quizás no disparasen nuevamente.
Al despertar del desmayo, sin saber bien qué hora era, no fui hasta el teléfono a llamar a la ambulancia. Más bien me arrastré hasta la computadora y comencé a escribir.
Pregunta cercada por mi occidentalidad
Si no podemos
echarle
las culpas
a los demás…
¿qué nos queda
por contar?